EL VALLE DEPORTIVO

Porque para alcanzar el oro del mañana, debemos aprender a abrazar la soledad del hoy. PEFULO

Recién platicaba con María sobre el día del niño. Su evolución y desde luego los cambios y repercusiones que ha tenido desde que nosotros éramos menores. Hay una melancolía extraña en el 30 de abril. Mientras el país se detiene para abrazar la infancia con dulces y colores, la vida nos arroja historias que nos obligan a mirar más allá de la superficie. Por ejemplo, en el rincón más vibrante de Guayaquil, Ecuador, el aire se volvió pesado, eléctrico, cargado de esa tensión que sólo precede a la gloria. Allí, Eduardo Sagastegui no solo competía por una medalla; competía por el niño que alguna vez fue, ese niño tamaulipeco que decidió que su destino no se escribiría en la comodidad, sino sobre la lona blanca de un tatami.

Para muchos de nosotros y para quienes aspiran a vibrarlo, escuchar el himno nacional en el extranjero es experimentar una punzada en el alma. Pero cuando ese himno suena porque un joven de 19 años ha doblegado al continente, la sensación es de una redención absoluta. Eduardo se consagró como Campeón Panamericano Junior de Judo, pero la frialdad de la estadística de esa categoría de los -60 kilogramos que marca la báscula no alcanza a medir el peso de sus sueños, tales como los de millones de niños y jóvenes, no solo deportistas y atletas, sino en general y más aún, de aquellos que por diversas circunstancias se encuentran en desgracia sea cual sea.

Existe una frase que resuena en los pasillos del deporte de alto rendimiento: no se va a pasear ni a solo competir, se debe y se tiene que dominar. Y el tema es que Sagastegui lo hizo con la ferocidad de quien sabe que cada caída en el entrenamiento fue una lección pagada con sudor. Sus victorias ante el local Derian Luna, el canadiense Roman Semyrozum y el estadounidense Jonathan Yang no fueron solo triunfos deportivos; fueron actos de voluntad pura. En cada ippon, en cada agarre, iba el recuerdo de su casa en Tamaulipas, de los kilómetros de distancia y de los abrazos postergados, de su familia, de sus amigos, de su inocencia y anhelos.

Sirva comentarles que para que un niño se convierta en este hombre -como el caso en comento- que hoy domina América, tiene que existir un quiebre. Eduardo dejó su hogar para forjarse en la lejanía de España. Hay una profundidad dolorosa en ese sacrificio: dejar de ser niño antes de tiempo para aprender a ser un guerrero. Mientras otros jóvenes de su edad exploraban las libertades de la juventud, él exploraba los límites de su propia resistencia en un país ajeno. Ese es el verdadero ADN de campeón del que tanto hablamos, pero que pocos entendemos. Es la capacidad de estar solo frente al espejo y seguir viendo a un ganador, incluso cuando el cuerpo grita que no puede más. Es entender que la excelencia no es un acto, sino un hábito que se cultiva en la soledad de un gimnasio vacío a miles de kilómetros de la madre, del padre y de la tierra que te vio nacer.

Sí, ya sé que puede parecer cursi y curioso, pero ¿a poco no? qué poético que la gloria llegara un 30 de abril. Yo no recuerdo logros así cuando celebramos a la infancia y, sin embargo, este chamaco Eduardo Sagastegui le hace el mejor regalo posible a los niños de México: la prueba de que se puede llegar. Su medalla de oro en el Campeonato Panamericano 2026 es un puente hacia Dakar 2026, hacia los Juegos Olímpicos de la Juventud, pero, sobre todo, es un puente hacia la esperanza.

Hoy debemos sentir y darle la real dimensión a proezas como esta que nos enseña que la madurez técnica no está peleada con la inocencia del sueño. Él sigue siendo ese niño que miraba el tatami con asombro, pero hoy lo pisa con la autoridad de un rey. Su triunfo nos dice que no importa dónde empieces -ya sea en las calles de Tamaulipas o en cualquier rincón olvidado del país- si tienes el coraje de perseguir tu visión, el mundo entero acabará por rendirse ante tus pies. Que eso es sin duda el mejor regalo en tan especial y significativa fecha.

Hoy, cuando el sol del siguiente día anuncia que hay un nuevo amanecer, la imagen de Eduardo en lo más alto del podio en Guayaquil nos devuelve la fe. No es solo judo. Es la vida misma manifestándose en su forma más pura: la lucha constante por ser mejor que ayer, nunca rendirnos ante el cansancio. Hoy celebramos al niño que tuvo la valentía de no quedarse en el ayer y se atrevió a conquistar su propio mañana. ¡Gracias por la lección!!!