SIN TON NI SON
- Francisco Javier Escamilla
- 22 abril, 2026
- Columnas
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Francisco Javier Escamilla Hernández
Reflexionando acerca de la decisión de tener hijos, me surge la pregunta de si es natural el instinto de maternidad (paternidad) o si es una decisión meditada:
En las últimas décadas, se ha vuelto cada vez más evidente que una proporción significativa de jóvenes ha decidido no tener hijos o posponer la maternidad y paternidad de manera indefinida, este fenómeno, lejos de ser una simple tendencia pasajera, responde a una compleja interacción de factores económicos, culturales, ambientales y psicológicos que cuestionan la idea tradicional del instinto de preservación de la especie.
Uno de los factores más influyentes es la incertidumbre económica, ya que las nuevas generaciones enfrentan condiciones laborales más precarias, altos costos de vivienda y una creciente desigualdad social; dentro de este contexto, la crianza de hijos se percibe como una responsabilidad difícil de sostener. A ello se suma la transformación de los valores culturales, hoy se prioriza el desarrollo personal, la autonomía y la búsqueda de bienestar individual por encima de los modelos familiares tradicionales; tener hijos ya no es visto como una obligación social, sino como una elección consciente.
Otro elemento relevante puede ser la creciente preocupación por el futuro del planeta, problemas como el cambio climático, la escasez de agua y la degradación ambiental generan una sensación de incertidumbre respecto al mundo que heredarán las próximas generaciones. Algunos jóvenes consideran que traer hijos a un entorno percibido como inestable o en crisis puede ser éticamente cuestionable.
Desde el punto de vista biológico, el llamado “instinto de preservación de la especie” no opera de manera mecánica ni uniforme en los seres humanos, a diferencia de otras especies; la conducta humana está profundamente mediada por la cultura, la razón y las estructuras sociales. Si bien existe una base biológica que favorece la reproducción, esta puede ser modulada, reinterpretada o incluso contrarrestada por decisiones racionales y contextuales: en otras palabras, el instinto no desaparece, pero se transforma.
Asimismo, los avances en educación y el acceso a métodos anticonceptivos han permitido a las personas ejercer un mayor control sobre su vida reproductiva. Este empoderamiento ha contribuido a que más individuos cuestionen los mandatos tradicionales y tomen decisiones acordes a sus proyectos de vida.
Sin embargo, esta tendencia debe plantear interrogantes sobre el futuro demográfico y social. La disminución en las tasas de natalidad puede tener implicaciones en los sistemas económicos, como el envejecimiento poblacional y la reducción de la fuerza laboral, esto obliga a repensar modelos de bienestar y políticas públicas.
La decisión de no tener hijos entre los jóvenes no implica la desaparición del instinto de preservación de la especie, sino su resignificación en un contexto contemporáneo marcado por la incertidumbre y la búsqueda de sentido individual. Más que un rechazo a la vida, se trata de una expresión de adaptación a nuevas realidades.
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