Vacaciones: ese lujo de no hacer nada

Por: Julián Chávez Trueba

A mitad de la semana

En una sociedad donde estar ocupado se ha convertido en símbolo de éxito, descansar parece un acto de rebeldía.
Hay personas que presumen no haber tomado vacaciones en tres años como si recibieran un reconocimiento por ello. Lo cuentan con orgullo: “Nunca me desconecto”, “Siempre estoy disponible”, “Mi teléfono está prendido las veinticuatro horas”. Lo dicen convencidos de que esa frase los vuelve más importantes, cuando en realidad solo evidencia una incapacidad para poner límites.
Vivimos en la era de la hiperconectividad. El teléfono dejó de ser un instrumento para facilitar la vida y terminó convirtiéndose en una extensión de la oficina. Ya no importa si estamos en casa, en un restaurante o frente al mar; siempre existe alguien que considera indispensable enviarnos un mensaje con el famoso: “Perdón por molestarte, pero es rapidísimo…”.
Todos sabemos que nunca es rapidísimo.
Lo paradójico es que la mayoría ni siquiera responde porque sea indispensable, sino porque siente culpa de no hacerlo. Hemos normalizado tanto la disponibilidad permanente que apagar el teléfono unas horas pareciera un acto de irresponsabilidad.
Las vacaciones, entonces, dejaron de ser vacaciones. Ahora son una especie de modalidad híbrida: uno cambia el escritorio por una hamaca, pero sigue revisando correos, respondiendo llamadas y participando en grupos de WhatsApp donde todo es urgente… hasta que pasan dos días y nadie vuelve a mencionar el asunto.
Quizá el problema sea que confundimos productividad con importancia.
Nos enseñaron que quien más trabaja es quien más vale. Que descansar es perder el tiempo. Que sentarse a leer un libro, caminar sin rumbo o simplemente contemplar el paisaje es un desperdicio de horas que podrían invertirse en algo “útil”. Curiosamente, nadie explica por qué cada vez somos más productivos y, al mismo tiempo, más ansiosos, más irritables y más cansados.
También hemos convertido las vacaciones en una competencia. Antes bastaba con disfrutarlas; hoy parece obligatorio demostrarlas. Si no hay fotografías desde una playa exótica, videos del aeropuerto o publicaciones con frases inspiracionales sobre la libertad, pareciera que el descanso no existió.
Terminamos viviendo más para la cámara del teléfono que para nuestros propios recuerdos.
Y, sin embargo, las mejores vacaciones rara vez son las más costosas. A veces consisten simplemente en desayunar sin mirar el reloj, dormir una siesta sin sentir culpa, platicar durante horas con la familia o reencontrarse con esos amigos para los que nunca hay tiempo porque “el trabajo no lo permite”.
Descansar no es un premio; es mantenimiento.
Nadie esperaría que un automóvil recorriera cientos de miles de kilómetros sin cambiar aceite, revisar frenos o cargar combustible. Sin embargo, con nosotros mismos hacemos exactamente eso. Exigimos más horas, más resultados, más compromisos y menos pausas. Después nos sorprende sentirnos agotados.
Quizá por eso las vacaciones tienen un valor que va mucho más allá del turismo. Son un recordatorio de que la vida no ocurre únicamente entre reuniones, pendientes y fechas de entrega. También sucede en una sobremesa que se prolonga sin prisa, en una caminata sin destino, en una conversación que no mira el reloj y, sobre todo, en esos momentos donde el silencio deja de ser incómodo para convertirse en paz.
Hay una frase atribuida a distintos autores que dice que nadie, al final de su vida, lamenta no haber pasado más tiempo en la oficina. En cambio, muchos lamentan no haber estado más con su familia, no haber viajado, no haber reído lo suficiente o no haberse permitido descansar cuando todavía podían hacerlo.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de las vacaciones.
No sirven para escapar del trabajo; sirven para volver a encontrarnos con la persona que éramos antes de que el trabajo ocupara todos los espacios de nuestra vida.
Así que, si tiene la fortuna de disfrutar unos días libres, haga algo extraordinario en estos tiempos: descanse. Apague el teléfono por un rato. Ignore la falsa sensación de que el mundo depende de usted. Respire. Lea. Camine. Conviva.
Porque el trabajo siempre estará esperando.
Las vacaciones, en cambio, pasan mucho más rápido de lo que creemos… y la vida también.