Los políticos y su desprestigio
- Elva María Maya Marquez
- 22 julio, 2026
- Columnas
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Si en un ejercicio aleatorio se pregunta a la gente lo primero que viene a su mente cuando piensa en un político o política ¿Qué respondería? De entrada, difícilmente se tendrían valoraciones positivas. Escándalos, sobornos, malversación de recursos, nepotismo, promesas de campaña incumplidas, distanciamiento con respecto a las necesidades de la población, corrupción, impunidad, opacidad en la toma de decisiones y un creciente interés en su beneficio personal más que en el bienestar colectivo, son algunas de las respuestas que tristemente encabezarían la lista.
En la actualidad, ser político debería estar ligado a una persona con cualidades y características de un ciudadano ejemplar. Ser humano honesto, responsable y comprometido. Que actúa con transparencia, rectitud y honradez. Dentro de sus convicciones está ayudar a los demás, por lo cual, trabaja de manera permanente para que todas y todos tengan mejores condiciones de vida.
En un mundo ideal y en sociedades tan complejas como las que hoy tenemos, la función primordial de todo político debería ser la búsqueda de un cambio social. Sin embargo, la decepción, la desilusión y la pérdida de confianza con base en los malos resultados se ha vuelto una constante. La brecha entre sus palabras y sus acciones es infinita, y hoy, decir que se es político se ha convertido en una mala palabra.
La dinámica partidista también ha hecho lo propio, bajo este esquema, los políticos están más preocupados y en algunos casos, obsesionados con mantener el poder, más que por resolver las problemáticas sociales para las cuales fueron elegidos.
Ahora bien, cómo recuperar la confianza en nuestros políticos, cómo elegir a aquellas y aquellos que realmente se quieran comprometer con el servicio público y no solo estén pensando en brincar de un cargo político a otro y de partido en partido. Aunque la experiencia es importante, el cambio generacional es impostergable, pues estamos viendo a la misma clase política, es decir, las mismas familias con un nombre o color de partido distinto, pero con las mismas malas prácticas que llevaron a este descrédito con el que actualmente cuentan.
En este contexto, es inaplazable pensar en la formación de nuevas generaciones de niños y jóvenes más críticos que cuente con las capacidades, habilidades y herramientas que se requieren para ejercer el poder. Por ello, el papel de los profesores desde nivel básico hasta el universitario es una pieza clave, ya que en las aulas es donde se deben identificar liderazgos, enseñar educación cívica, formas de participación y de gobierno, cultura política, fomentar y reforzar valores. La escuela, es el espacio propicio para formar ciudadanas y ciudadanos que den paso a una nueva clase política y gobernante con principios y valores idóneos para tomar decisiones, velar por los intereses de quienes representan, capaces de ocuparse de que la realidad mejore, y no de robarse hasta el bote de basura una vez que dejan el cargo.
Como ciudadanos, también es necesario ser autocríticos para reconocer que, en gran medida los gobiernos que tenemos a nivel municipal, estatal y federal es porque se ha permitido. Entre aquellos que cuentan con mayores posibilidades de informarse, razonar su voto y elegir a sus gobernantes, existe apatía y desinterés. Asimismo, por mucho tiempo hubo quien, con tal de recibir beneficios personales, estuvo dispuesto a vender su voto o apoyar a candidatos que, a todas luces no eran los mejores y hoy, seguimos pagando las consecuencias.
Las y los políticos que tenemos de todos los partidos, en su mayoría, son impresentables, dan vergüenza, se gritan, se insultan, y los ciudadanos viendo que la vida cotidiana no mejora. Resignarnos a tener este tipo de representantes sería un error. Los políticos no surgen de una realidad paralela; son, en buena medida, el reflejo de nuestras instituciones, de nuestra cultura cívica y de las exigencias que como sociedad estamos dispuestos a plantear.
Si durante años hemos tolerado la impunidad, normalizado el abuso de poder o participado únicamente el día de la elección para después desentendernos de los asuntos públicos, difícilmente podremos aspirar a mejores gobiernos. La transformación de la política no ocurrirá de manera espontánea, requiere ciudadanos más informados, participativos, críticos y comprometidos con la vigilancia permanente de quienes ejercen el poder.
La alternativa real consiste en impulsar una renovación profunda de la vida pública desde la sociedad misma: formar nuevas generaciones con valores democráticos, exigir transparencia y rendición de cuentas, involucrarse en organizaciones ciudadanas, participar en los debates públicos y respaldar liderazgos honestos y capaces, independientemente de colores partidistas. Necesitamos dejar de conformarnos con elegir al menos malo y comenzar a demandar perfiles verdaderamente preparados y éticos.
El desprestigio de la política no se resolverá abandonándola, sino recuperándola. Si queremos mejores políticos, también necesitamos ser mejores ciudadanos; de lo contrario, seguiremos cambiando nombres, partidos y discursos, pero no los resultados.






