FIFA: lo bueno, lo malo y lo feo

Por: Julián Chávez Trueba

A mitad de la semana

Casi se acaba el Mundial 2026 y con ello podemos observar lo que nos dejó el cúmulo de acciones hechas por los directivos, así como el verdadero rostro de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), una organización que, más allá del deporte, se ha consolidado como uno de los entes privados con mayor capacidad para influir en gobiernos, economías y sociedades, peleando con el Vaticano.

Lo bueno la verdad es mucho. El Mundial de 2026 demostró que FIFA cuenta con una logística de enorme nivel, incluso entre 3 países, la expansión del torneo permitió que más selecciones nacionales participaran en la máxima competencia del futbol, pero permitió demostrar el tamaño de organización con la que se cuenta. El uso de la tecnología facilitó el acceso de millones de aficionados, la seguridad, en términos generales, permitió el desarrollo del torneo sin incidentes de gran magnitud y la experiencia para los asistentes resultó, en la mayoría de los casos, satisfactoria, sobre todo para aquellas selecciones que enumeraban su primera participación en un mundial. El dinero corrió sin limitantes en favor de llevar a todos, el espectáculo de futbol.

El Mundial demostró que un evento deportivo puede convertirse en un extraordinario instrumento de diplomacia internacional, desarrollo turístico y promoción económica cuando existe una adecuada coordinación institucional. Las ciudades anfitrionas recibieron millones de visitantes, fortalecieron su imagen internacional y aceleraron proyectos de infraestructura que, bien administrados, podrán beneficiar a la población durante muchos años.

Sí, porque el reto comienza precisamente cuando las luces del estadio se apagan. Las obras deberían de servir a los ciudadanos y no convertirse en monumentos al gasto público. La derrama económica debería traducirse en desarrollo permanente y no únicamente en cifras temporales. Y ahora los gobiernos deberán evaluar con objetividad si las concesiones realizadas realmente compensaron los beneficios obtenidos.

Pero aquí viene lo malo. La Copa del Mundo confirmó que el futbol profesional se ha convertido, antes que, en un deporte, en un negocio global. Los costos de hospedaje, transporte, alimentos y boletaje alcanzaron niveles difíciles de justificar para el aficionado promedio. La pasión continúa siendo el combustible, pero el acceso al espectáculo parece estar reservado cada vez más para quien pueda pagarlo,

perjudicando enormemente el corazón popular y social que hizo al futbol un deporte/espectáculo del pueblo y para el pueblo, original y arraigado.

Además ¿hasta dónde debe llegar un Estado soberano para satisfacer las condiciones de una organización privada? La FIFA impuso condiciones a los Estados anfitriones y por tanto, los gobiernos tuvieron que modificar reglamentos, destinaron recursos públicos, implementaron operativos especiales, adaptaron infraestructura e incluso flexibilizaron diversas disposiciones para cumplir con las exigencias del organismo.

Paradójico es que, mientras los países asumen los costos de infraestructura, seguridad y operación, una parte considerable de los beneficios económicos termina concentrándose en FIFA y en sus socios comerciales. El riesgo financiero permanece en los gobiernos; la rentabilidad, en buena medida, permanece en la organización.

Lo feo se divide en dos aspectos, primero es la excesiva comercialización del torneo, con dos momentos agregados únicamente para vender en una pausa de hidratación convirtiendo los dos tiempos en cuatro cuartos, perdiendo futbol. Patrocinadores que acapararon zonas exclusivas, experiencias VIP y dejando fuera a la afición; jugadores que ni siquiera fueron convocados, agregados únicamente para vender el producto.

Lo segundo fue la evidente preferencia hacia algunos jugadores como Messi, que se les permite avanzar con tal de que el “espectáculo” siga vendiendo. Donald Trump eliminando por dedazo una tarjeta roja a un jugador y la FIFA, a través de Infantino, aceptando esos designios por encima del propio orden de juego.

FIFA ganó una vez más. Sus ingresos volverán a romper récords y su marca seguirá fortaleciéndose. La gran incógnita es si también ganaron en la misma proporción los países organizadores, sus ciudadanos y, sobre todo, el futbol.