EL VALLE DEPORTIVO

Pedro Eric Fuentes López

“El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón humano. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso” Albert Camus, El mito de Sísifo

Mientras muchos siguen la idea imaginaria de la “competencia” de futbol mundial, donde han aparecido y crecido como si fuera pasto, cientos o miles de especialistas en la materia, hay otros escenarios incluso con mayor dignidad deportiva, sacrificio personal y reconocimiento sustentando en una realidad a prueba de todo. El asfalto de la Ciudad de México no sabe de concesiones. Sus pendientes, sus baches y la brutal altitud de la capital imponen una aduana implacable para cualquiera que decida calzar unos tenis y salir a correr. Sin embargo, año con año, las avenidas principales de la metrópoli se convierten en el escenario de un fenómeno que trasciende el simple cronómetro o la mercadotecnia de las marcas patrocinadoras, la irrupción de las categorías de deporte adaptado en el Medio Maratón. Ver las sillas de ruedas devorar los 21 kilómetros desde el Hemiciclo a Juárez hasta el emblemático Ángel de la Independencia, y a las personas con discapacidad visual marcar el ritmo junto a sus guías, no es un acto de caridad pública; es una de las demostraciones de alta competencia más puras y reales de las que tengamos registro en el evento atlético más grande del país, que apenas este domingo pasado congregó a casi 40 mil corredores. Ellos no son adictos a las premisas del marketing ni mucho menos a frases que lleguen a comprometer su pensamiento y sentimiento.

La gran fortaleza de esta intervención radica en su capacidad para demoler prejuicios en plena vía pública. El deporte adaptado en un acontecimiento masivo opera como un ecualizador social. En una sociedad que suele esconder la discapacidad en los discursos políticos o en rampas mal diseñadas o en escenarios idealistas llenos de imágenes de caridad deportiva, esta justa obliga a la ciudadanía a mirar de frente el verdadero significado de la palabra disciplina.

Estos atletas no compiten por lástima ni buscan el aplauso condescendiente de la tribuna; entrenan con la misma o mayor intensidad que las élites convencionales como los kenianos Simon Maywa y Gladys Longari, ganadores absolutos de la edición. La combatividad de figuras como Gonzalo Valdovinos y Brenda Osnaya, ganadores en la categoría de sillas de ruedas, o los segundos lugares obtenidos por Marco Antonio Caballero y la tlaxcalteca Yeni Aide Hernández, es una demostración de alta exigencia donde los minutos se pelean palmo a palmo en el reloj. Su presencia en la ruta es un recordatorio visual de que la mente siempre es el músculo principal. Sin embargo, para sembrar un aporte real en las generaciones venideras, el análisis debe ser frío y no caer en el sentimentalismo.

La gran debilidad de este ecosistema no está en las piernas o en los brazos de los competidores, sino en la alarmante falta de estructura institucional y urbano que sufren en el día a día. A mi, en lo particular me conmueve e impacta la imagen del atleta capitalino y remero paralímpico Michel Muñoz, cruzando la meta como el único participante sobre una patineta con los guantes totalmente rotos tras impulsarse con las manos desnudas sobre el concreto caliente. Pero esa estampa heroica es también una denuncia silenciosa. Las sillas de competencia son ridículamente costosas, los apoyos para prótesis especializadas son escasos y la infraestructura de nuestras ciudades sigue siendo hostil. También se presenta e identifica una contradicción inaceptable con que las autoridades del deporte aplaudan el esfuerzo el domingo, y el lunes ignoren las barreras de accesibilidad que les impiden llegar a sus centros de entrenamiento. Es decir, a ellos -los pseudo dirigentes -les importa más la foto con el podio ganador que apoyar y respaldar al deportista y su disciplina. El aporte definitivo que el deporte adaptado le entrega a la sociedad actual es el valor de la resiliencia planificada. Nos enseñan que el cuerpo humano es un territorio de posibilidades infinitas cuando existe la voluntad de no rendirse.

Para las nuevas generaciones que hoy observan el paso de este contingente, cobijado por el Comité Paralímpico Mexicano, el mensaje es claro, directo y contundente: el límite nunca lo pone una condición física, lo pone la falta de determinación. La inclusión no se escribe en los manuales de buena conducta; se ejerce con respeto, con presupuestos dignos y con oportunidades equitativas en la línea de salida. Al final de la jornada, estos atletas -¡ellos sí!- no solo ganan una medalla; nos devuelven la fe en el esfuerzo humano y nos obligan a construir una sociedad genuinamente justa, o al menos es lo que muchos esperamos…ojalá!!!

Pásenla bien!!!