MÁS ALLÁ DEL CALOR
- Jimena Bañuelos
- 6 julio, 2026
- Columnas
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Hace apenas unos días superábamos la primera ola de calor del verano sudando la gota gorda, nunca mejor dicho. Hubo noches en las que dormir parecía una misión imposible, los ventiladores estaban funcionando a pleno rendimiento y los aires acondicionados no daban tregua. Las conversaciones empezaban y terminaban con un: “Qué calor hace”. Pues bien, ahora estamos en las mismas. Si aquello nos parecía lo peor, ahora sin apenas una tregua, estamos inmersos en la segunda ola de calor. El verano es así. Resignarse es una opción ya que la estación estival es imprevisible e intensa si estamos pendientes del termómetro. Es más, nos obliga a buscar la sombra como si ésta fuera un tesoro y a llevar agua con nosotros a todas partes. Ahora nos quejamos, pero cuando llegue septiembre seguro que nos repetimos: “Qué rápido ha pasado”.
El tiempo pasa y aunque ahora los treinta y muchos grados nos parezcan una barbaridad, en el fondo son los recuerdos que nos deja esta estación porque unidos a ellos están los helados, las sobremesas interminables, las fiestas de los pueblos, los refrescos en una terraza, los días de playa o de montaña y un sinfín de experiencias en las que el tiempo parecía detenerse. Ahora, el reloj pierde su protagonismo y su importancia porque dejando de lado la rutina aprendemos, aunque sólo sea durante unas semanas, a vivir un poco más despacio.
A quienes no les importa el termómetro estos días es a los que tienen señalado en su calendario el día de hoy. Empezaron a cantar a comienzos de año: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo…” Y acaban hoy con “siete de julio: San Fermín”. Ayer se escuchó el cohete que anuncia lo que está por venir. Pamplona está celebrando sus días grandes. Las calles están abarrotadas, los pañuelos rojos son una marea y el blanco que los acompaña es la imagen de un legado que pasa de generación en generación. Siempre me ha llamado la atención la capacidad que tienen las tradiciones para sobrevivir al paso del tiempo. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad que cambia a una velocidad vertiginosa porque todo se renueva o caduca en la inmediatez.
Afortunadamente, los recuerdos siempre permanecen. Quizás, por eso, las tradiciones tienen algo mágico. No son únicamente una fecha marcada en el calendario o una fiesta que se repite año tras año. Son como una máquina del tiempo que nos traslada a todo aquello que nos hace sentir bien. Tal vez, ese sea el mejor motivo que hay para conservarlas. Es cierto que no podemos vivir anclados en el pasado, pero volver a él para que nos recuerde la felicidad que se esconde en los pequeños acontecimientos merece mucho la pena. Las cosas sencillas son las esenciales. Son un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. El verano siempre nos regalará un instante al que volver. Él es el responsable de que levantemos la vista del móvil, dejemos de lado el ordenador, la agenda, los horarios, la rutina y nos digamos a nosotros mismos que también está permitido parar.
En definitiva, el verano nunca se mide por los grados que marca el termómetro, sino por los recuerdos que somos capaces de construir. Al final, cuando septiembre vuelva a llamar a la puerta, no pensaremos en las olas de calor que hemos soportado, sino en las personas con las que las hemos compartido. Porque, al final, el verano siempre acaba donde empezó: en esos pequeños momentos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos de nuestra vida.





