EL VALLE DEPORTIVO
- Pedro Eric Fuentes López
- 6 julio, 2026
- Columnas
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Pedro Eric Fuentes López
Hay caminos que se abren solo cuando decides dejar de seguir a la multitud. Ralph Waldo Emerson.
Les venía diciendo a compañeros y amigos con quienes convivo de manera más regular y también a cierto grupo de lectores, que el sonido de un balón rebotando contra el césped tiene la capacidad hipnótica de paralizar a un país. Es una inercia cultural. Es más, durante décadas, la Selección Mexicana de fútbol ha funcionado como el gran espejo colectivo, un termómetro emocional que decide si el día siguiente amanece con optimismo o con la pesadez de la eterna promesa rota. Hoy, en pleno desarrollo de la Copa del Mundo, las calles se vacían, las televisiones se encienden al unísono y la narrativa pública se reduce a las coordenadas de una cancha de noventa minutos. Parece que no hay más espacio en la memoria emocional del aficionado. Sin embargo, en la periferia de esa gigantesca pantalla que todo lo absorbe, están ocurriendo milagros silenciosos que exigen una atención urgente y madura. Mientras la atención masiva se debate en la angustia táctica de un torneo de fútbol y se desgarran las entrañas por el resultado obtenido y el adiós de la justa, dos jóvenes mexicanos están rediseñando el mapa del éxito deportivo internacional desde la absoluta soledad de las disciplinas individuales y que tal parece no tienen cabida como para también celebrar sus conquistas.
Hablo de Isaac del Toro en el ciclismo de élite y de Patricio O’Ward en la cúspide del automovilismo norteamericano. El valor de ellos -y de otros en solitario- no radica únicamente en los trofeos que levantan, sino en el poderoso recordatorio de que la identidad deportiva de una nación no tiene por qué ser unívoca, predecible ni dependiente de un solo deporte. Es cierto, el ciclismo de ruta es, quizás, el deporte más cruel y desgarrador que existe; no permite el cobijo de un mal día ni el relevo inmediato en la banca. Cuando Isaac del Toro conquistó el Tour de l’Avenir o cuando se plantó cara a cara frente a los monstruos del World Tour de la mano del UAE Team Emirates, hizo algo más que pedalear: rompió un techo de cristal histórico para el atleta mexicano en Europa. El ciclismo requiere una disciplina apartada, una tolerancia al dolor que roza lo místico y una inteligencia estratégica que se ejecuta a 60 kms por hora en descensos alpinos. Del Toro no tuvo la infraestructura de una federación soberana ni el cobijo mediático de los grandes contratos televisivos en sus inicios. Su éxito es pura pureza de voluntad, un recordatorio de que la constancia individual puede construir un camino donde antes solo había maleza y olvido.
A unos miles de kilómetros de distancia, en los óvalos y circuitos callejeros más veloces del planeta, Patricio O’Ward desafía las leyes de la física a más de 350 kilómetros por hora. El automovilismo suele ser catalogado erróneamente como un deporte de máquinas o de privilegios económicos. Quien lo ve así ignora la devastación física, los reflejos sobrehumanos y la fortaleza mental que se necesita para mantener la cordura cuando el más mínimo error milimétrico se traduce en un desastre. O’Ward, con su carisma magnético y su pilotaje agresivo pero quirúrgico en la serie IndyCar, ha demostrado que el piloto mexicano no es un participante exótico en las parrillas internacionales. Es un contendiente al título, una fuerza de la naturaleza que obliga a los ingenieros más brillantes del mundo a hablar en su propio idioma.
Creo firmemente que es vital poner estas dos realidades sobre la mesa justo ahora, cuando el fútbol acapara cada conversación en el café, cada portada y cada espacio radial, porque el único uso cultural debilita la capacidad de asombro de una sociedad. Cuando educamos nuestras emociones para vibrar única y exclusivamente a través de los once jugadores que visten la camiseta verde, nos privamos de entender el éxito desde otras perspectivas. El fútbol nos ofrece la belleza de lo colectivo, de la fiesta compartida, pero también arrastra los vicios de un sistema hipercomercializado que muchas veces premia el espectáculo por encima del mérito puro. En contraste, las trayectorias de Del Toro y O’Ward nos devuelven la escala humana del deporte. Nos enseñan el valor de la resiliencia en solitario, de la gestión del fracaso sin el consuelo de un equipo que te rescate y de la audacia de destacar en disciplinas donde, históricamente, el pasaporte mexicano no abría puertas automáticas. Ja!
Esto no es una invitación a restarle mérito al esfuerzo de la Selección Nacional ni a apagar el televisor durante el Mundial. El fútbol tiene un lugar bien ganado en el corazón del país. Esto es, en realidad, un llamado a la diversificación de nuestra mirada. Una sociedad que solo sabe aplaudir un gol es una sociedad con una visión limitada de su propio potencial. La existencia y el triunfo de Isaac del Toro y de Patricio O’Ward son la prueba viviente de que existen más opciones para todos: para el niño que busca un referente que no use botines, para el patrocinador que desea apoyar proyectos basados en el rendimiento milimétrico y para el propio espectador, que merece una narrativa deportiva más rica, pulcra y texturizada.
Al final del día, los triunfos en el asfalto y en las carreteras europeas nos obligan a razonar sobre la naturaleza del éxito. Nos demuestran que el talento nacional es diverso, complejo y capaz de florecer en los terrenos más hostiles si se acompaña de la preparación adecuada, por eso sigo y seguiré insistiendo en que guardemos siempre un espacio de admiración limpia y honesta para todos aquellos que, lejos del ruido del estadio, también están poniendo el nombre del país en lo más alto. Ellos y otros no hacen caso de imaginaciones abusivas y de creencias de milagros, construyen con su trabajo lo que cosechan en su momento.





