“TIERRA SAGRADA DONDE YO NACÍ…”
- Jimena Bañuelos
- 29 junio, 2026
- Columnas
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“…Suelo bendito donde moriré…” Y esa tierra es Burgos. Allí no solo están celebrando estos días sus fiestas, sino que también se conmemora que los burgaleses llevamos cantando cien años el himno que Zurita y Calleja compusieron para la ciudad. Durante un siglo, generaciones de burgaleses lo han entonado en los momentos más solemnes, festivos y emotivos. Esta composición musical es, sin duda, un símbolo de pertenencia, de identidad y de arraigo.
Quienes hemos nacido en Burgos sabemos que basta con escuchar sus primeros acordes para que aparezcan los recuerdos. “Cantemos unidos la insigne grandeza de nuestra Castilla, de nuestro solar…” Cada estrofa tiene la capacidad de transportarnos a la infancia, a las fiestas mayores, a los actos más solemnes y a esos momentos compartidos con la familia y los amigos. En mi caso, ese vínculo tiene nombre propio, el de mi abuelo. Fue él quien me enseñó a querer a Burgos y a sentir como propias las palabras de un himno que habla de la tierra donde nacimos y de la responsabilidad de construir su futuro. Con él aprendí que el orgullo de ser burgalés no se demuestra solo con palabras, sino también conservando las tradiciones y transmitiéndolas a quienes vienen detrás. Todavía recuerdo la primera vez que canté el himno vestida con el traje regional. Era una niña y quizá no entendía todo lo que significaba, pero sí percibía el respeto con el que se vivía aquel momento. El peso del traje, los nervios antes de empezar y la mano de mi abuelo sujetando la mía forman parte de esos recuerdos que nunca desaparecerán.
Con el tiempo fui creciendo sin olvidar de dónde vengo. Hay unos versos que siempre me han acompañado porque recogen, de alguna manera, todas esas enseñanzas que me transmitió mi abuelo: “Aprendamos todos juntos a cantar a nuestra tierra, a leer en su pasado y a labrar su porvenir”. En apenas unas líneas se resume el espíritu de una ciudad orgullosa de su historia, consciente de sus raíces y comprometida con el futuro. Ese es, posiblemente, el mayor legado del Himno a Burgos ya que no hay que quedarse en la nostalgia, sino que, conociendo nuestro pasado, construiremos el porvenir.
Por eso, cada vez que lo escucho y lo canto, inevitablemente llega el momento más emocionante. Es imposible no sentir un nudo en la garganta al entonar: “Tierra sagrada donde yo nací, suelo bendito donde moriré, yo te prometo consagrarme a ti y dedicarte mis cariños, mis cariños más fervientes, mis cariños y mi fe.” Son palabras que, cien años después, siguen despertando el mismo orgullo y la misma emoción. Porque quienes amamos Burgos sabemos que el himno no solo se canta: se vive. Y en cada interpretación vuelven a estar presentes quienes nos enseñaron a querer esta tierra, porque fueron ellos quienes convirtieron ese sentimiento en una herencia imborrable.
Mi abuelo ya no está aquí para escucharme cantar, pero en cada estrofa sigue muy presente. A él, ferviente burgalés, le debo buena parte del orgullo con el que pronuncio el nombre de mi ciudad. Burgos siempre será ese lugar donde los recuerdos encuentran el camino de vuelta. A Burgos le dedico “mis cariños más fervientes” porque es “la tierra sagrada de mis amores” y “la cuna adorada de mis mayores”.
Hay himnos que se escuchan y otros que sienten. Y el de Burgos lleva un siglo demostrando que sigue latiendo en nuestros corazones.
¡Viva Burgos!









