EL VALLE DEPORTIVO

Pedro Eric Fuentes López

Cada realidad es un golpe que destruye una ilusión. Arthur Schopenhauer

En la cultura contemporánea padecemos una adicción invisible pero destructiva: la dependencia emocional de la suposición. En los últimos meses, tanto en el ecosistema deportivo global como en la toma de decisiones de la vida cotidiana, se ha puesto de moda una frase que parece inofensiva, pero que encierra una profunda inmadurez colectiva ¿Y si sí?. Esta expresión se utiliza para justificar la fe ciega en proyectos sin pies ni cabeza, para mantener entrenadores que no dan resultados, para perdonar directivas corruptas o para que una persona común mantenga un empleo o una relación que claramente ya no funciona. La pregunta opera como un analgésico mental. Es la victoria absoluta de la alta expectativa contra el golpe seco de la realidad, que se niegan a ver y que disfrazan tanto de la manera que menos dolor cause.

Siendo objetivo -muchos lo traducen y/o acomodan como ave de mal agüero, negativo, pesimista, malinchista y más-, la capacidad de imaginar un escenario de éxito donde hoy solo hay dudas es una herramienta humana fundamental. En el deporte de alta competencia, la psicología ha demostrado que la visualización y la autoconfianza son variables críticas para el rendimiento. Cuando un atleta se prepara para una justa olímpica o cuando un emprendedor lanza un negocio al mercado, necesitan un margen de fe. Ese pequeño impulso de esperanza es el que permite soportar las jornadas de entrenamiento de doce horas, las derrotas iniciales y la fatiga física. Creer que el éxito es posible no tiene nada de malo. De hecho, es el motor del progreso. El problema no radica en formular la pregunta ¿Y si sí? como un punto de partida o como una motivación interna para explorar los límites del potencial humano. Lo verdaderamente valioso de este pensamiento es cuando se utiliza de forma constructiva: como un catalizador para diseñar una estrategia real, medir los riesgos y trabajar el triple para que esa posibilidad matemática se convierta en un hecho concreto, no solamente idealista, imaginario y hasta con tintes de devoción.

El optimismo es sano únicamente cuando viene acompañado de un plan de trabajo y de herramientas para ejecutarlo. Lo duro es la cobardía y taparse los ojos para no querer ver los datos, sin embargo, la realidad actual nos muestra una cara completamente opuesta y alarmante. El poder mercadológico de la frase-pregunta se ha convertido en el refugio de los perezosos y en la estrategia favorita de las dirigencias deportivas y de los individuos para evadir la responsabilidad. Vivir en la eterna expectativa es una muestra de cobardía intelectual. Es preferir la comodidad de una mentira bonita antes que afrontar la incomodidad de un dato duro. En el fútbol, en el boxeo, en el atletismo de élite y en las finanzas personales, los números no tienen sentimientos. Si una selección nacional ha perdido sus últimos cinco partidos oficiales, si no tiene una estructura de fuerzas básicas, si sus jugadores físicamente no compiten y la directiva solo busca el negocio inmediato, seguir repitiendo ¿Y si sí ganamos el próximo torneo? esto no es pasión; es una alarmante falta de respeto a la inteligencia y por ende la desviación de los valores y la conducta individual y colectiva se descoyunta en las calles, en grupos y masas que dan rienda suelta a su locura.

Lo mismo aplica para la vida diaria: mantener una inversión -por ejemplo- que solo pierde dinero o conservar a un empleado que no rinde bajo la premisa de ¿y si el próximo mes sí cambia? es simplemente negligencia. El fanatismo y la sociedad actual confunden deliberadamente el optimismo con la ceguera voluntaria. Los grandes milagros deportivos que nos vende la televisión -con sus porristas pagados y enajenados- no ocurrieron por un decreto místico de la casualidad; ocurrieron porque detrás había un andamiaje sólido que soportaba el resultado. Seguir alimentando expectativas sin una base real solo sirve para dos cosas: para que las industrias del entretenimiento sigan vendiendo boletos y camisetas caras basadas en la ilusión, y para que las personas sigan postergando las decisiones difíciles que verdaderamente transforman su realidad.

El veredicto de la alta competencia y de la vida diaria es tajante y no acepta interpretaciones amables. El bastión publicitario de la pregunta que impregna cada segundo es una trampa diseñada para retrasar el fracaso inevitable de lo que nunca se trabajó. Es momento de madurar colectivamente, de bajar las expectativas de humo y de empezar a exigir realidades basadas en procesos, disciplina y datos objetivos. La esperanza sin duda es un excelente combustible para arrancar, pero es un pésimo piloto para conducir un proyecto. Cuando la ilusión estéril se topa con la pared de la realidad, el golpe siempre es proporcional al tamaño de la mentira que decidimos creernos; el ejemplo es clarísimo y no necesito reflectores ni publicidad mediática, simplemente se dio y permea: “jugamos como nunca, perdimos como siempre”… Menos suposiciones y más ejecución.

Pásenla bien!!!