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Por Rocío Hernández Rogel

Ya estamos a mitad del año, no sé a ustedes, pero a mí se me está pasando muy rápido.

Creo que cuando éramos pequeños/as, la infancia nos llevaba un poco a la lentitud, a la calma, recuerdo que se hacía eterno saber que faltaba tiempo para volver a cumplir años o para estar poniendo el árbol de navidad, no sé si porque cuando eres niño, niña, los padres solo dicen que tienes una única obligación que es el estudio, entonces solo te enfocas en una sola cosa “importante” y el ayudar un tanto en algunas tareas del hogar, aunque lo realmente importante siempre era disfrutar el momento, jugar, reír y coleccionar momentos. 

Crecemos y ya se apaga todo eso, la rutina se apodera, las cuentas por pagar, las preocupaciones del futuro, las visitas a las redes viendo los perfiles ajenos, revisar los propósitos de año nuevo y saber que a duras penas llevas uno, las exigencias de los otros y las tuyas, el trabajo, el clima, las noticias contándote que los políticos están otra vez dándose hasta con el sartén en vez de trabajar, revisar que el gas no se acabe sino con qué te bañas mañana, regresarte porque casi olvidas el almuerzo que te preparaste desde las 6:00 am que te levantaste, pero antes intentaste hacer yoga en donde acabaste más torcida/o de lo que estabas; y así podría ir narrándote más aventuras para llegar al final del día diciéndote que cuando te acuestas a dormir, te quedas pensativa/o y te dices a ti misma/o que te faltaron cosas por hacer, que el día no te rindió, que hubieras hecho otra cosa de almorzar, que no ha sido suficiente el levantarte tan temprano y si bien te va, logras dormir, sino, esa voz interna te molesta toda tu noche y adiós descanso.

Todo esto viene, porque en la semana puse una foto en las historias de mi Instagram de El Blog de Ro, era una taza con café y la verdad me transmitió mucha calma y le añadí una pregunta que decía: ¿quién eres cuando todo está en calma?, curiosamente varias personas me respondieron diciéndome que nunca se habían cuestionado eso o que les había generado mucho eco dicho cuestionamiento, porque generalmente la calma pasa desapercibida, o bien, ni siquiera notan cuando todo está en calma. Casi siempre notamos más cuando estamos activos o reactivos, e incluso me atrevería a decir que cuando nos mantenemos en la calma, nuestro alrededor también se alarma y confunde preguntándose ¿por qué estás tan tranquila/o?, ya que hoy en día el mundo es acelerado, todo el tiempo tiene que haber movimiento y así la ironía de que la incomodidad aparece cuando todo se pausa, cuando el ruido se apaga y solo te quedas contigo y tu respiración.

Esto me lleva a preguntarte, ¿te conoces, te caes bien o mal? porque si no es así, la calma se convierte en un foco rojo y constantemente te encuentras con el famoso escapismo, que es esta tendencia a evadirnos mentalmente, en donde tu refugio se convierte en fantasías, idealizaciones para evitar el estrés o conflictos que tu propia rutina ha creado, no te das permiso de disfrutar y vivir tu aquí y tu ahora.

Pero, qué pasaría si en vez de escapar, te permites acompañarte, te permites darte la oportunidad de bajarle el volumen al ruido mental, a la rutina tan apresurada que llevas, si por unos instantes te das ese chance de mirarte a ti y preguntarte qué quieres, a dónde te quieres llevar, si realmente estos último 6 meses del año te permites no escapar y mejor darle la bienvenida a la calma y recordar que eres esa niña/o viviendo su “carpe diem”, porque lo que se viene va estar bueno y qué mejor saberte contigo en modo vivir y no en modo supervivencia.

No olvides formar tu frase.

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