EL SACERDOCIO DE JESUCRISTO, SIGUE SIENDO ATRACTIVO PARA JÓVENES VARONES
- Daniel Valdez García
- 28 mayo, 2026
- Columnas
- 0 Comments
28 de mayo de 2026 o Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
Sacerdote: Daniel Valdez García
Este artículo va especialmente para ustedes, jóvenes. El alma no envejece; lo que cambia es cómo vivimos la fe y la vocación que Dios nos ofrece. A propósito de los dos jóvenes que fueron consagrados sacerdotes en la Santa Iglesia Catedral de Toluca.
Cuando San Pablo escribe a los Corintios, recuerda que ha perdonado los pecados “in persona Christi” (cf. 2 Cor 2,10). No se trata solo de representar a Jesús ni de actuar “en su lugar”: es que Cristo actúa con sus ministros. En el fondo, el sacerdote es un puente entre Dios y las personas: acerca a Dios a la gente y, a la vez, presenta ante Dios las necesidades de todos e intercede por ellos. Jesús, Dios y hombre al mismo tiempo, es el sacerdote más auténtico (Heb 7,26-28). Y cuando un joven quiere ser sacerdote, lo hace para servir al estilo de Cristo: con entrega, cercanía y servicio a los demás. ¿Te imaginas ser ese puente entre Dios y la gente? (Mt 20,28; Heb 13,15-16).

Pero, si miramos la historia, el sacerdocio del Antiguo Testamento era muy distinto. Se basaba en la genealogía y en un conjunto de ceremonias en el Templo, donde se sacrificaban animales. En esa época, el sacerdocio estaba ligado a la tribu de Leví. Jesús, sin embargo, era de la tribu de Judá, y no encajaba en esa estructura (Heb 7,14).
La figura de Jesús se parece más a la de los profetas y maestros itinerantes: personas que llamaban a la fidelidad a Dios y, a veces, hacían milagros; o a los maestros que iban de ciudad en ciudad, rodeados de discípulos, enseñando y acercando a la gente. En los Evangelios, cuando la gente habla con Jesús, suelen llamarlo “Rabbí” o “Maestro”.
Claro que el sacerdote tiene la misión de acercar a Dios a la gente y, al mismo tiempo, ofrendar por ellos. Jesús se acerca a la humanidad necesitada de salvación y intercede para que podamos recibir la misericordia de Dios, que se expresa de manera plena en la Cruz (1 Ped 2,24; Gal 3,13).
La crucifixión no era, para los hombres de entonces, una ofrenda sacerdotal en el sentido tradicional. Lo esencial del sacrificio no eran el sufrimiento ni la muerte de la víctima, sino la realización de un rito conforme a las normas del Templo. La muerte de Jesús, visto por la gente, parecía más bien la ejecución de un condenado, fuera de Jerusalén, y se la interpretaba —sacando de contexto un pasaje de Deuteronomio (Dt 21,23)— como una maldición (Gal 3,13).
Después de la Resurrección y la Ascensión, y con la llegada del Espíritu en Pentecostés, los Apóstoles comenzaron a predicar y, con el tiempo, fueron rodeados de colaboradores. Pero Jesús mismo no se había identificado como sacerdote, así que tampoco ellos se llamaron sacerdotes en esos primeros momentos.

Las tareas que realizaban los primeros cristianos eran muy diferentes de las de los sacerdotes del Templo. Por eso usaron otros nombres que describían mejor sus funciones: apóstoles (“enviados”), epíscopos (“vigías”), presbíteros (“ancianos”) o diákonos (“servidores”), entre otros (Efesios 4,11; 1 Tim 3,1-13; Hechos 14,23).
Sin embargo, al mirar de cerca estas funciones, se ve que tienen un carácter claramente sacerdotal, aunque con un sentido distinto al del sacerdocio de la Antigua Alianza. Ese “sentido nuevo” ya aparece cuando San Pablo describe su ministerio con un lenguaje que suena a sacerdocio, pero que no se refiere a un sacerdocio propio y autónomo. Más bien, es una participación en el Sumo Sacerdocio de Cristo Jesús (Heb 4,14-16; Heb 7,26-28).
San Pablo no quiere emular a los sacerdotes de la Antigua Alianza. Su labor no consiste en ofrecer cadáveres de animales en el altar para santificar este mundo. Su misión es santificar a personas vivas con el fuego del Espíritu Santo que arde en sus corazones mediante la predicación del Evangelio (1 Cor 4,1-2).
En la Iglesia primitiva hay ministros cuyo ministerio tiene un carácter sacerdotal real: sirven a las comunidades, cumplen tareas diversas y, sin embargo, ninguno es sacerdote por sí solo ni tiene autonomía para inventar un “sacerdocio” propio. Todos participan del sacerdocio de Cristo (1 Ped 2,5,9; Heb 10,14).
En resumen: el sacerdocio de Jesucristo sigue siendo una llamada atractiva para los jóvenes que desean servir a Cristo. No es una idea antigua, sino una invitación viva para vivir como Cristo en el mundo de hoy: sirviendo, intercediendo y caminando junto a los demás en la cercanía de Dios. Si esta vocación te atrae, estás siendo invitado a descubrir cómo puedes participar del sacerdocio de Cristo en tu vida y en tu comunidad (cf. 1 Ped 2,9; Heb 4,16).








