Regresemos a la meritocracia
- Julián Chávez Trueba
- 26 mayo, 2026
- Columnas
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Por Julián Chávez Trueba
A mitad de la semana
Del latín meritum, que significa debida recompensa, es por extensión a la idea de que nuestro valor en los diferentes escenarios sociales deviene de los logros que hayamos obtenido, es decir, que nuestro nivel social dependa de un mérito.
Esta idea se vuelve relevante cuando vemos lo fácil que es cambiar un esquema de gobierno para convertirlo en absurdo. El pasado cambio del calendario escolar, a pesar de que no se llevó a cabo, puntualizó un problema que se agrava sin que se haga algo para solucionarlo: los alumnos están estudiando sin atender al mérito. Ese mérito que proviene de haber estudiado, de memorizar, de entender, de desarrollar cualquier tema que se pretenda aprender, pero sobre todo de que se demuestre esa comprensión en favor de utilizarlo éticamente en la vida diaria. Hoy las políticas educativas plantean en no reprobar a los alumnos con la idea de no coartar su derecho a la educación y no propiciar la deserción escolar, ambos problemas que surgen de la desatención de la sociedad, sobre todo del gobierno, en atender las causa fundamentales mínimas para la subsistencia, porque no se coarta el derecho a la educación si se le exigen resultados al alumno, sino cuando no se le otorga una familia con ingresos estables, con comida, agua, luz y un techo donde vivir.
Pero la meritocracia va mucho más allá. Las nuevas generaciones en donde se observan la gente de “cristal” no toleran la frustración, la derrota o la negativa, sin que intervengan una vorágine de argumentos, algunos falsos, que implican el condicionamiento entre la vida y la muerte. Ya lo decían los sabios jedi, solo el malo y obscuro puede pensar en absolutos, porque la mente abierta comprende que hay una variada escala de grises que puede ser valiosa y de la que se nutre, por ejemplo, la democracia. Hoy la democracia es chairos contra fifís, MORENA contra sus adversarios, el gobierno contra los medios, etc., sin comprender que la democracia se encuentra en el diálogo, pero no entre los que piensan igual, sino en los que piensan diametralmente distinto, pues la democracia y la república se nutren de todas las ideas, de la pluralidad, de la comunión y convergencia, no de la homogeneidad.
Ya se evitó que la meritocracia ordenara la vida del Poder Judicial, otorgando los espacios más altos a quienes no tienen siquiera una carrera judicial ni conocimiento del tema. Pero habría que pensar si vale la pena no solo regresar a la carrera judicial, garantizar que los jueces, magistrados y ministros provengan de un cúmulo de personas con experiencia y no solo porque un comité los eligió. Cabe revalorar si nuestros dirigentes, dueños del poder ejecutivo, debieran de provenir de personas con experiencia, con tablas administrativas, es decir, que tengan el mérito, como lo establecía Sócrates, quien no creía en la democracia como la mejor forma de gobierno.
La igualdad no consiste en garantizar el mismo resultado para todos, sino en procurar condiciones dignas para que cada quien pueda competir y que el mérito vuelva a tener valor. Fuera al dedazo, fuera al contubernio, fuera la corrupción, fuera el nepotismo y fuera el compadrazgo, abracemos al mérito y asumamos nuestra responsabilidad de ser mejores ciudadanos de lo que éramos ayer.







