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Por Rocío Hernández Rogel
El sábado fue el día del estudiante, fue inevitable no recordar esos momentos de mi etapa en la escuela, entre alistar mi uniforme, los recreos, el lunch que me podía preparar mi mamá por las mañanas para que tuviera algo que comer al medio día, la espera del autobús con mi papá para que me llevara a la escuela, la mochila pesada pero con muchas ganas de estar ahí para aprender, aunque después las tareas, los trabajos y los exámenes nome hacían muy feliz, la verdad, pero bueno, era parte del contexto.
Luego pasar a la etapa de la preparatoria en donde todo es un cambio muy grande, comienzas a tener intereses precisos, te comienzan a perfilar para elegir carrera, esas caminatas de mi casa a la prepa y luego de regreso eran memorables, ponía mis discman con mi disco de mi cantante favorita, me ponía mis audífonos de diadema y caminaba hasta llegar. Los recesos con mis amigos y amigas, las risas y las algunas clases que me parecían aburridas y otras que siempre deseaba que no se acabaran. Las fiestas y los trabajos en equipo que terminaban con una buena cena.
Después la universidad, en donde creo que tomé más conciencia y valoré mucho cada día que pasaba ahí para poder aprender lo más pudiera, sumarme a todos los talleres y cursos que ofertaban, los viajes y excursiones, los nuevos retos, el servicio social, las exposiciones de trabajos finales con mucho nervio de saber que seríamos evaluados con mayor rigor, pero las risas no faltaban cada clase y cada día que compartíamos con los compañeros/as y alguno/a que otro/a docente.
Ese recorrido me hizo sentirme agradecida por la oportunidad que tuvieron mis padres de darme el estudio, sin ellos no hubiese podido hacer nada de lo que hoy hago. Y todos los retos en lo que en esas épocas nos enfrentamos.
También me hizo pensar en aquellas/os compañeros/as que trabajaban mientras estudiaban, que su esfuerzo después de clases en una jornada laboral pesada ya sea en una franquicia de hamburguesas o en un call center, rendían frutos cuando recibían sus documentos y se ponían su toga y birrete.
Detrás de cada estudiante hay una historia, algunas más amargas que otras, pero siempre les digo a mis alumnas y alumnos, aprovecha y agradece el privilegio de estar ocupando una silla, una butaca, un espacio de un centro educativo, hay quienes no tienen la misma oportunidad y la desean con todo su corazón; y si bien nunca es tarde para cumplir alguna meta, tampoco nunca es tarde para aprovechar el tiempo, la juventud y la energía que se tiene en esa época para poder saber que tienes el arma más poderosa en tus manos para transformar el mundo y es la educación.
Actualmente estamos viviendo cambios acelerados en todos los ámbitos de nuestra vida y ser estudiante no es la excepción, enfrentándose todos los días a nuevos términos para estar en su contexto, redes sociales, suplir la libreta y los libros por tecnología, guerras políticas internas que impiden el buen desarrollo de planes y programas educativos, inseguridad, falta de identidad, de propósito y sentido de vida. Estándares altos sobre rendimiento, comparaciones sobre la inteligencia, el cuerpo y los géneros.
Pero estoy convencida que también estamos frente a agentes de cambio, a nuevas generaciones llenas de ideas novedosas, de jóvenes con el chip integrado de la tecnología en vanguardia, de estudiantes que movilizan con ideologías que nos hacen movernos de la zona de confort, de chicas y chicos que no quieren lo mismo que hace años, de utilizar las redes para impedir que destruyan nuestros ecosistemas.
Ser estudiante te permite comprender que lo único inevitable es el cambio, pero el crecimiento es opcional y nunca es tarde para decidir crecer.
No olvides formar tu frase.
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