El dilema de la educación
- Julián Chávez Trueba
- 12 mayo, 2026
- Columnas
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Por Julián Chávez Trueba
A mitad de la semana
Ahora que el calendario escolar estuvo en riesgo de perder 40 días de clase, se desató un debate poco aterrizado sobre lo que debe ser la educación en México. Algunas voces argumentaban que las escuelas, durante los últimos días del ciclo, se convierten prácticamente en estancias obligatorias; otras sostenían que reducir días de clase afectaría directamente la calidad educativa.
Si el señalamiento de una sola variable fuera tan determinante para modificar el resultado —es decir, que menos días implican menor educación— entonces también tendríamos que aceptar que aumentar los días de clase mejoraría automáticamente el desempeño de los estudiantes. Y la verdad es que no ocurre así.
No pasa esto porque la educación, como motor del progreso de la humanidad y no sólo de una nación, implica que la suma de sus partes debería generar un resultado superior; lamentablemente, no siempre sucede. El sistema educativo no mejora simplemente con más o menos días de clase, sino con tres elementos indispensables:
1. Que los exámenes para el otorgamiento de plazas docentes garanticen verdadera imparcialidad entre normalistas y no normalistas, asegurando que sólo los mejores ocupen las plazas, sin venta de espacios ni facilidades inequitativas.
2. Que los contenidos educativos privilegien la meritocracia y se ajusten a la realidad nacional. Sin generalizar, pero sí con una visión homologadora. Hay alumnos que no cumplen con los estándares mínimos del grado y aun así avanzan al siguiente nivel. Los desafíos entre lo urbano y lo rural son distintos; la idiosincrasia familiar cambia entre profesionistas, campesinos, jornaleros, pescadores, mineros, comerciantes y empresarios. Debe construirse una base común que unifique lo que significa mínimamente ser mexicano.
3. Que la autoridad invierta más en educación. México destina alrededor de 2.9 mil dólares por alumno, mientras que el promedio de la OCDE supera los 13.5 mil. Y eso sin contar la ineficiencia del gasto: no sólo por la corruptela en las adquisiciones, sino también por proyectos infructuosos, escuelas sin mantenimiento, programas multimedia absurdos o libros de texto con sesgos ideológicos.
También es cierto que, durante los últimos 15 días del ciclo, los docentes elaboran estadísticas e informes de cada alumno una vez fijadas las calificaciones y, aun así, están obligados a asistir a clases. Eso es definitivamente absurdo. Lleva más de 20 años ocurriendo y agravándose sin que nadie haga algo al respecto. El gobierno actual no puede fingir sorpresa, como si no fuera su responsabilidad corregirlo, porque de otra forma lo que falta no es diagnóstico, sino voluntad.
Ojalá que esto abra un debate serio, concreto y visionario sobre la educación. Que no pasemos simplemente de la Nueva Escuela Mexicana a otra reinterpretación simplista de Anton Makarenko, Jean Piaget, Johann Heinrich Pestalozzi o Paulo Freire, aplicando teorías educativas de forma mecánica y olvidando traducirlas a las circunstancias reales del México actual.





