El privilegio de la lectura
- Elva María Maya Marquez
- 28 abril, 2026
- Columnas
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Cada 23 de abril, el Día Internacional del Libro parece invitarnos a celebrar una escena casi cinematográfica: alguien abre un libro, se sumerge en una historia y de pronto, el mundo se vuelve más amplio. Y sin duda hay algo verdadero en esa imagen. La lectura puede ser placentera, tranquila, conversación íntima con uno mismo. Pero también hay otra verdad, no todos llegan al libro desde el mismo lugar. No se trata solo de voluntad; se trata de condiciones.
Porque cuando se habla de que “la gente no lee”, se escucha el reclamo como si fuera una falla moral: “deberías leer al menos un libro al año”, “si quisieras, podrías”. El problema con ese discurso es que confunde la lectura con una virtud individual despegada del mundo real. Dicho de otro modo: convierte un fenómeno social en un defecto personal.
En el país conviven distintos tipos de lectores y vale la pena realizar esta diferenciación. Están quienes leen por placer, porque los libros les hacen bien y porque el tiempo —ese tiempo que la vida a veces regatea— les alcanza para sostener un hábito. Para estas personas la lectura no es un examen, sino una experiencia. Hablan de lo que leen como quien habla de un viaje o cuenta una anécdota. Leen porque pueden y porque quieren, porque tienen espacio en el calendario, en la casa y en su rutina.
Existen otros que leen porque el hábito fue posible, es decir, la lectura no siempre llega como un “amor a primera vista”, a veces aparece después de un acercamiento: una biblioteca cercana, un docente que le inspiró, un libro que alguien recomendó. Hay lectores que se formaron no por accidente, sino por acompañamiento. En términos sociológicos, esto es importante porque desmonta el mito de que leer depende únicamente del carácter. El hábito se construye. Y lo que se construye requiere de condiciones mínimas: acceso, orientación y tiempo.
Luego está el lector que no existe todavía, o que existe apenas en la intención. Hay personas cuya vida está ocupada por la supervivencia cotidiana: despertar, trabajar, regresar a casa, descansar y así, todos los días. En este caso, la lectura no compite solo con el ocio; compite con el cansancio. Hay una diferencia enorme entre “no leer porque no me interesa” y “no leer porque mi cuerpo no puede más y mi cabeza ya no alcanza”.
Otra barrera es el dinero, pero no como eslogan, sino como realidad concreta. En México, comprar libros puede significar decidir entre prioridades. Un libro nuevo —de literatura o de novedades editoriales— puede ubicarse en rangos como 250 a 500 pesos, dependiendo de la edición y el tipo de obra. Para algunos esa cantidad es manejable; para otros es un golpe contra el presupuesto familiar.
Por otro lado, está ese grupo que “presume leer”. Leer como apariencia, como pose, como símbolo de capital cultural. En una sociedad donde socialmente se valora mejor a quien dice leer, no es extraño que algunas personas aparenten hacerlo. En muchos casos, no se trata de falta de tiempo ni de recursos económicos, sino de algo más profundo: un hábito que nunca se desarrolló.
Por eso, cuando de manera ligera se afirma que en México no se lee, habría que matizar. Entender que este México está compuesto por muchos Méxicos. Que la falta de lectura tiene orígenes diversos y que no pueden explicarse desde una sola causa ni resolverse con una sola estrategia. Antes de criticar a quien no lee, habría que preguntarse desde dónde le estamos exigiendo que lo haga.
La educación básica puede lograr que la infancia identifique palabras, pero el salto hacia la lectura como estilo de vida requiere algo más: tiempo, dinero, bibliotecas con acervos que hablen de mundos cercanos, mediación docente que despierte interés y una cultura escolar donde leer no sea castigo ni trámite.
Aun así, hay cambios. De acuerdo con el Módulo de Lectura del INEGI, en 2025 el 62.5% de la población reportó que lee libros, lo cual representa un incremento frente a 2024, cuando el porcentaje fue del 41%. Además, entre quienes leen libros, el promedio pasó de 3.2 en 2024 a 4.2 libros en 2025.
Sin embargo, incluso estos datos deben leerse con cuidado. Porque no basta con saber cuántas personas leen, sino quiénes pueden hacerlo, en qué condiciones, con qué apoyos y con qué barreras. Si realmente queremos que México sea un país de lectores, no basta con campañas que romantizan la lectura ni con reproches morales hacia quienes no leen.
Tal vez el primer paso sea mirar la lectura con mayor sensibilidad. Dejar de verla como una vara para medir el valor de las personas y comenzar a entenderla como lo que es: un privilegio que, algún día, tendría que dejar de serlo.




