La panacea de la Inteligencia Artificial

Por Julián Chávez Trueba

A mitad de la semana

Algunos ya empiezan a llamar a la inteligencia artificial una ciencia. No es una afirmación menor: se argumenta que cuenta con un objeto de estudio propio: la asistencia y automatización de procesos cognitivos; y con un método definido: basado en modelos, datos y aprendizaje iterativo.

La inteligencia artificial ha llegado —y nunca mejor dicho— como una panacea: un todo holístico que parece poder hacerlo todo y que, en los hechos, ya está permeando prácticamente todos los sectores.

Como en su momento lo fue el “ordenador”, y después el internet, hoy es la inteligencia artificial la que promete revolucionar la manera en que hacemos las cosas, pero sobre todo, la forma en que interactuamos. La IA completa nuestras palabras sin faltas de ortografía, redacta peticiones, elabora contratos, genera ensayos y, más aún, comienza a estructurar conocimiento desde una lógica metodológica propia, aprendiendo de textos para simplificarlos y por tanto más acertivos.

Muchos advierten que desplazará empleos humanos. Y sí, en parte tienen razón. Pero asumir únicamente su dimensión oscura sería una lectura miope. El martillo, por ejemplo, transformó la forma de construir, unir o destruir materiales; también, por supuesto, puede ser un arma. Los teléfonos inteligentes redefinieron nuestras relaciones, pero no eliminaron al ser humano del proceso productivo; por el contrario, nos hicieron más disponibles, incluso más dependientes del trabajo. Algo similar ocurrirá con la inteligencia artificial: no sustituirá al ser humano en su esencia, pero sí reconfigurará profundamente lo que entendemos por “trabajo”.

Las implicaciones son vastas, en la burocracia, por ejemplo, podría lograr lo impensable: agilizar trámites, incluso por encima de la ineficacia del humano sedentario institucional. Ya se emplea en modelos predictivos de inundaciones, con márgenes de anticipación de al menos 24 horas; también en el análisis de sequías y huracanes. En las ciudades, impulsa vehículos autónomos y pronto se integrará con sistemas de semaforización inteligente para optimizar el flujo vehicular conforme a patrones de tráfico. Es decir, permitirá supervisar y evaluar tareas que hoy realizamos con nuestras manos y nuestra voz.

Hoy, un contador, un actuario o un economista no es —ni será— reducible a una computadora o a una calculadora. Entonces, ¿por qué suponer que la inteligencia artificial será más que el ser humano?

El ser humano ha creado herramientas para facilitar su trabajo. El problema surgió cuando el trabajo comenzó a ser remunerado y las herramientas amenazaron esa remuneración. Pero si aceptamos la idea de que el ser humano es únicamente una herramienta productiva, olvidando que es generador de ideas, emociones y sentido, entonces la batalla está perdida de antemano.

El ser humano no puede reducirse a datos, es imaginación, intuición, contradicción, creación. Las máquinas podrán procesar información a velocidades inalcanzables, pero no pueden —ni podrán— imaginar en el sentido profundo de la palabra. Y ahí reside una diferencia fundamental.

Hoy empresas como Google encabezan los esfuerzos de integración de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. Pero el futuro no está escrito: habrá quien lleve esta tecnología a territorios aún insospechados. Mientras tanto, quizá lo más sensato no sea resistirse ni idealizarla, sino comprenderla.

Y, si acaso, dejarse caer… como dicen Los Tres.