Fracking es fracking
- Elva María Maya Marquez
- 21 abril, 2026
- Columnas
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El fracking, cuyo nombre completo es fractura hidráulica, es una técnica que se usa para sacar gas o petróleo que está atrapado muy profundo bajo la tierra, entre rocas duras. Para lograrlo, las empresas perforan el suelo y luego inyectan grandes cantidades de agua, mezclada con arena y químicos a muy alta presión, con el objetivo de romper las rocas y liberar el gas o el petróleo.
Para comprender por qué genera tanta controversia, es necesario mirar con atención cómo se lleva a cabo esta práctica, y qué implica para el territorio y las comunidades donde se aplica. Todo comienza con la elección del sitio. Las empresas identifican zonas donde existen reservas de gas o petróleo atrapadas en rocas profundas. Estas áreas no siempre están deshabitadas; muchas veces coinciden con tierras agrícolas, comunidades rurales o regiones con alto valor ambiental.
El siguiente paso es la perforación vertical. Se abre un pozo que puede alcanzar dos, tres o más kilómetros de profundidad, atravesando capas de suelo y roca, incluyendo aquellas donde se encuentran los mantos acuíferos que abastecen de agua a pueblos y ciudades. Para evitar filtraciones, el pozo se reviste con tubos de acero y cemento, aunque con el paso del tiempo estos recubrimientos pueden deteriorarse, generando riesgos de contaminación.
Al llegar a la profundidad deseada, la perforación deja de ir hacia abajo y se extiende de manera horizontal, recorriendo grandes distancias bajo tierra. Esta fase permite ampliar el área de extracción, pero también incrementa la superficie del subsuelo que será intervenida y fracturada.
Entonces llega el corazón del fracking. Se inyectan millones de litros de agua mezclados con arena y una serie de sustancias químicas a una presión extremadamente alta. El objetivo es fracturar las rocas profundas. La presión las rompe, la arena mantiene abiertas las grietas y por ellas comienzan a liberarse el gas o el petróleo atrapados durante miles o millones de años. El proceso no ocurre una sola vez. Para mantener la producción, los pozos se fracturan repetidamente durante años.
Uno de los impactos más graves de esta práctica es el daño a los mantos acuíferos. El agua que se utiliza no regresa limpia a la superficie; vuelve contaminada con químicos y metales pesados, y muchas veces se filtra hacia los depósitos subterráneos de agua potable. En comunidades cercanas a zonas de fracking se han documentado pozos contaminados, agua con olor extraño o directamente inutilizable para el consumo humano, la agricultura o el ganado.
A ello se suma el uso excesivo de agua. Cada pozo de fracking puede requerir millones de litros, en regiones que con frecuencia enfrentan sequías. Para muchas comunidades rurales, esta práctica significa competir con la industria por un recurso esencial para la vida.
El fracking también contamina el aire. Durante su operación se liberan gases como el metano, uno de los principales responsables del calentamiento global. Diversos estudios han vinculado la cercanía a pozos de fracking con el aumento de padecimientos respiratorios, dolores de cabeza constantes, problemas en la piel y otros malestares que deterioran la calidad de vida.
Otro efecto poco conocido, pero igualmente preocupante, es la generación de sismos inducidos. En zonas donde antes no se registraban movimientos telúricos, la inyección de líquidos a gran profundidad ha provocado temblores, dañando viviendas e infraestructura, lo que genera miedo e incertidumbre entre la población.
Por estas razones, países como Francia, Alemania, Irlanda, Suecia, España, entre otros, han optado por prohibir o frenar el fracking. Los daños potenciales superan con creces los beneficios económicos de corto plazo. Algo similar ocurre con comunidades que, organizadas, han dicho no a esta práctica al ver amenazados su territorio, su agua y su salud.
En este contexto cobran relevancia los recientes debates públicos sobre la posibilidad de un fracking “sustentable”. Sin embargo, muchos especialistas advierten que ese concepto no existe. Una técnica que implica romper el subsuelo, contaminar agua, emitir gases de efecto invernadero y comprometer ecosistemas no puede calificarse como sostenible.
La discusión, no es solo técnica, sino ética y social ¿Qué tipo de desarrollo queremos? ¿Uno que sacrifica comunidades y recursos naturales por beneficios temporales, o uno que prioriza la salud, el agua y el futuro de las próximas generaciones? Informar sobre qué es el fracking y sus consecuencias es un primer paso para que esta conversación no se quede en los escritorios, sino que llegue a la ciudadanía, y particularmente con las poblaciones afectadas.
La decisión no es sencilla, pues no se debe pasar por alto que actualmente el 75% del gas que se consume en México se importa de Estados Unidos y viene del fracking. El pequeño detalle es que nunca cuestionamos de dónde viene la energía que consumimos y la pregunta es, ¿Soberanía en el gas o no? ¿Producimos nuestro propio gas o lo seguimos importando? ¿Qué opinan?





