EL VALLE DEPORTIVO

Pedro Eric Fuentes López

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente” -Ludwig Wittgenstein-

No recuerdo bien el capítulo, lo que sí sé es que un apartado de mi trabajo que presenté para aspirar a contar con mi título de licenciatura, detallaba que los medios de comunicación masiva eran y son como una religión a los cuales les debemos respeto y lealtad, porque trabajar y/o estar dentro de los mismos, nos obliga a mantener casi casi una actitud intachable a pesar de nuestros pesares, pasajes personales y una que otra consecuencia de los propios actos. En las aulas se nos dictaba libertad, pero no libertinaje, nos plasmaban teoría a caudales que serviría como plataforma en el argot de las encomiendas profesionales, era entonces una proeza avanzar conforme a la edad, a la temporada vivida y a las ganas de querer ser alguien en los mass media. Intentarlo no era ni fue el problema, sino llegar, mantenerse y consolidarse con base en esa buena y bella educación, porque no bastaba -nunca- tan solo quererlo y/o desearlo, al contrario, era riesgoso porque muchos estábamos al acecho de una oportunidad por tanto no había tiempo que perder, era seguirse preparando, actualizando, tomando cursos, talleres, lectura y escritura era, es y será una de las más lindas expresiones para plasmar el conocimiento y, en su momento, retransmitirlo a las siguientes generaciones.

Pero hubo algo que debió ser de total compromiso perene y no destrozarlo, ni siquiera ser empleado como una daga y enseguida como una lanza venenosa: la palabra, en la voz, en la expresión oral que conlleva toda esa educación -que como se decía y aún hoy en día- se mama, la que va y viene desde casa, pasa por el sector educativo y se propaga en la actividad profesional. Hoy queda de manifiesto que el lenguaje o mejor escrito su uso, ha sido desvinculado para parafrasear, ofender, lastimar, horadar, etcétera, como cual lengua ponzoñosa que intenta dañar grotescamente porque no se cuenta con el nivel suficiente de educación, lectura, conocimiento y mucho menos de respeto.

Entiendo y comparto que la vida sigue y que tiene cambios a veces buenos otras malos, que la realidad supera mil veces a la ficción, que los tiempos de antaño quizás solo sirvan como referencias bibliográficas y tal vez hasta aceptar que me estoy volviendo viejo, quizás más cascarrabias, enojón, visceral, mal pensado, mal hablado y más, pero después de una sola ocasión que me marcó toda la vida en estos 38 años de servicio profesional en los medios desde 1988, cuando no me cerraron el micrófono al aire dije una grosería refiriéndome a alguien. Desde luego la acción tuvo su reacción y castigo. Me dolió quedarme sin sueldo un mes, sin cuadro y otros. La lección me obliga hoy en día a ser aún más disciplinado en mis trabajos, a tratar de ser lo más limpio y pulcro posible, casi intachable con el uso del micrófono y del teclado, que dicho sea de paso, en ocasiones eh recurrido a utilizar soeces pero jamás con la intención de lastimar ni ofender, al menos a ninguno ni a nadie.

Hoy cuando la distorsión del lenguaje es por demás notorio, en la pseudo moda musical, las pasarelas, la industria del comic, y mucho más, hasta el deporte ha sido sujeto de esto, lo que no es comprensible, incluso escribiendo esto mismo, es como un tipejo en un medio de comunicación de corte internacional, se atreva a descargar tanta frustración y poca o nula educación, al aire, ante cientos de miles de personas, entre ellos niños y jóvenes, para despotricar una serie de altanerías, bajezas, corrientadas, que solo evidencian la falta de preparación, control de emociones, nula concentración y, desde luego, cero educación.

Agredir con el mal uso de la palabra, que recuerde estaba penado por la Ley de Radio y Televisión, surtía efecto a partir del otrora aparato para tal efecto en la Unidad de Televisión Educativa que otorgaba las licencias de locutor que nos permitía trabajar en radio y televisión, con todas las de la Ley siempre observando y conservando el excelso uso de la palabra y su lenguaje. ¿Qué pasó? Jajajajajajajaja, pues sí, los tiempos cambiaron, ok. Pero a costo tal que hoy cualquiera que pierda la cordura al aire en vivo, puede decir lo que se le inche la gana por lo que no merece estar al frente de una cámara. Lastimosamente saldrá a ofrecer una disculpa pública -obligada- y tán tán. Así de incongruente es el lenguaje en nuestros días.

El deporte no se salva, únicamente que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas…

Pásenla bien!!!