SIN TON NI SON
- Francisco Javier Escamilla
- 5 marzo, 2026
- Columnas
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Francisco Javier Escamilla Hernández
Mi reflexión de ahora se refiere al tiempo, unos dicen que solo vivimos el presente, pue el pasado ya se fue y el futuro todavía no llega; otros dicen que la vida son nuestros recuerdos, porque el presente se va irremediablemente, y hay quienes dicen que los sueños son lo que nos mantiene vivos, pues es nuestra esperanza para el futuro.
El tiempo es una de las dimensiones más enigmáticas y fundamentales de la existencia humana, aunque todos lo experimentamos de manera constante, resulta difícil definirlo con precisión. El tiempo organiza nuestra vida, estructura la memoria, condiciona nuestras decisiones y delimita nuestra finitud, sin él, no habría historia, ni proceso, ni transformación. Sin embargo, su naturaleza profunda sigue siendo motivo de reflexión filosófica, científica y espiritual.
Más allá de su definición científica, el tiempo es una vivencia profundamente subjetiva: una hora puede parecer eterna en medio del sufrimiento, o efímera en momentos de alegría; esta experiencia interior revela que el tiempo psicológico no coincide siempre con el tiempo cronológico. La conciencia humana no sólo transita por el presente, sino que reconstruye el pasado mediante la memoria y proyecta el futuro a través de la imaginación. En este sentido, el tiempo es también una construcción mental que da sentido a nuestra identidad: somos, en gran medida, la narración de lo que hemos sido y la expectativa de lo que esperamos ser.
Desde una perspectiva física, el tiempo es una magnitud que permite medir la duración de los acontecimientos y el intervalo entre ellos, la ciencia moderna, especialmente a partir de la teoría de la relatividad, ha demostrado que el tiempo no es absoluto ni uniforme, sino que depende del movimiento y de la gravedad. Esta comprensión rompió con la idea clásica de un tiempo universal que fluye igual para todos. Así, el tiempo dejó de ser un simple reloj cósmico para convertirse en una dimensión dinámica del universo, entrelazada con el espacio y la materia.
Filosóficamente, el tiempo ha sido concebido como el escenario del cambio, todo lo que existe está sujeto a transformación, nada permanece idéntico a sí mismo de manera indefinida. El tiempo es, entonces, la condición de posibilidad del devenir, sin tiempo no habría crecimiento, aprendizaje ni evolución, pero tampoco decadencia ni muerte. Esta dualidad lo convierte en una realidad ambivalente: es fuente de oportunidades y, al mismo tiempo, recordatorio de nuestra finitud.
En el ámbito cotidiano, el tiempo adquiere un valor ético, administrarlo implica establecer prioridades, reconocer límites y asumir responsabilidades. La conciencia de que el tiempo es limitado invita a vivir con mayor intensidad y propósito, cada decisión implica renunciar a otras posibilidades; cada instante que pasa no puede recuperarse: el tiempo se convierte en un recurso irrepetible que exige sabiduría en su uso.
En definitiva, el tiempo no es sólo una medida objetiva ni únicamente una percepción subjetiva. Es la trama invisible que sostiene la realidad, el hilo conductor de la experiencia humana y el marco en el que se despliega nuestra existencia. Comprenderlo, aunque sea parcialmente, nos permite valorar más profundamente el presente y asumir con responsabilidad el tránsito inevitable hacia el futuro.
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