SEMBRAR AGUA EN LA CONCIENCIA: CÓMO FORMAR EN NIÑAS Y NIÑOS UNA VERDADERA CULTURA HÍDRICA

Tuve la oportunidad de leer una composición de una alumna de primaria quien al contestar la pregunta: ¿Qué harías ante la falta de agua?, contestó: “Irnos de aquí”. Dicha respuesta me alarmó, pero caí en cuenta en la necesidad urgente dar guía y esperanza a la juventud, ante la crisis hídrica en que estamos viviendo.

En un país donde la disponibilidad de agua es cada vez más incierta y las sequías golpean con mayor frecuencia a comunidades urbanas y rurales, formar una auténtica cultura del agua desde la infancia ya no es una opción pedagógica: es una necesidad social. La educación hídrica debe ir más allá de repetir consignas como “cierra la llave”; requiere experiencias significativas, participación familiar y coherencia entre lo que se enseña y lo que se vive.

Especialistas como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) han insistido en que la educación para el desarrollo sostenible debe comenzar en los primeros años, vinculando el aprendizaje con el entorno inmediato del niño. En materia de agua, esto implica transformar el hogar, la escuela y la comunidad en espacios de aprendizaje activo.

La conciencia no se construye con prohibiciones, sino con comprensión. Un primer paso consiste en mostrar a los niños de dónde viene el agua que consumen y a dónde va después de usarla. Explicar el ciclo urbano del agua —captación, potabilización, distribución, uso, drenaje y tratamiento— ayuda a dimensionar el esfuerzo técnico y económico que implica abrir una llave. Actividades sencillas pueden marcar la diferencia: medir cuánta agua se utiliza al lavar los dientes con la llave abierta y luego cerrada; revisar el medidor doméstico antes y después de una ducha; o detectar fugas en casa. Cuando los niños observan cifras concretas, el ahorro deja de ser abstracto y se convierte en un reto personal.

La cultura del agua no debe limitarse a la clase de Ciencias Naturales. En Matemáticas, los estudiantes pueden calcular consumos diarios y proyectar ahorros mensuales. En Español, redactar cuentos o crónicas sobre el viaje de una gota. En Formación Cívica y Ética, debatir el acceso equitativo al agua como derecho humano reconocido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El enfoque transversal permite comprender que el agua no es solo un recurso natural, sino un elemento social, económico y ambiental. Así se fortalece el pensamiento crítico y se evita que el mensaje se diluya como una campaña pasajera.

Una estrategia eficaz es otorgarles un rol protagónico. Cuando los niños elaboran carteles, organizan ferias científicas o presentan proyectos sobre ahorro y reúso del agua, se convierten en multiplicadores del mensaje en sus hogares. Diversos organismos operadores municipales han comprobado que los programas de “Guardianes del Agua” funcionan mejor cuando incluyen compromisos familiares: reparar fugas, instalar dispositivos ahorradores o reutilizar agua de lavado para riego. El cambio de hábitos se consolida cuando el niño observa coherencia en la conducta de los adultos.

Hablar de escasez hídrica cobra mayor sentido si se relaciona con el contexto inmediato. En regiones donde los tandeos son frecuentes o los niveles de presas disminuyen, explicar estas situaciones con lenguaje claro genera empatía y responsabilidad. Visitas guiadas a plantas potabilizadoras o de tratamiento —cuando es posible— permiten visualizar la infraestructura que sostiene la vida urbana. Conocer el trabajo técnico detrás del servicio fomenta respeto por el recurso y por quienes lo gestionan.

Cerrar la llave es un hábito; valorar el agua es un principio. La diferencia radica en comprender que el recurso es finito y que su uso responsable impacta a otros. Inculcar valores como solidaridad, corresponsabilidad y respeto ambiental fortalece la conciencia a largo plazo. Los especialistas recomiendan evitar mensajes alarmistas que generen miedo. En su lugar, conviene promover soluciones y acciones concretas. El enfoque positivo —“podemos cuidar el agua”— resulta más efectivo que el discurso catastrófico.

En la era digital, aplicaciones interactivas, videos educativos y simuladores pueden reforzar el aprendizaje. Experimentos caseros sobre filtración, captación de lluvia o evaporación despiertan curiosidad científica. La creatividad es aliada de la conciencia ambiental. Las escuelas también pueden instalar pequeños sistemas demostrativos de captación pluvial o huertos escolares que utilicen riego eficiente. Ver el agua almacenada y utilizada responsablemente transforma la teoría en experiencia tangible.

Ninguna estrategia será eficaz si los adultos contradicen el mensaje. La cultura del agua comienza en casa: reparar fugas de inmediato, evitar el lavado excesivo de banquetas, reutilizar agua cuando sea posible y pagar puntualmente el servicio para garantizar su sostenibilidad. La educación hídrica infantil no es una campaña temporal; es una inversión generacional. Si las niñas y los niños comprenden el valor estratégico del agua desde temprana edad, se formarán ciudadanos más responsables y exigentes en materia de gestión pública.

En tiempos de cambio climático y presión urbana creciente, sembrar conciencia en la infancia es sembrar resiliencia. Porque cuidar el agua no es solo una tarea doméstica: es un compromiso colectivo que comienza con una pregunta simple en voz de un niño: “¿Y si el agua se acaba?”

PIENSA GLOBALMENTE, ACTÚA LOCALMENTE

Plática con tus hijos, sobrinos o infantes cercanos a ti y pregúntales qué harían si se acabara el agua en su localidad. Es probable que sus respuestas te alarmen como me sucedió. Debemos de actuar en consecuencia. Recuerden #SalvemosOjuelos.

Reciban un abrazo de su amigo, Luis Eduardo Mejía Pedrero. Comentarios al correo [email protected] Instagram @mejiapedrero Twitter @cuencalerma o por Facebook.