SIN TON NI SON

Francisco Javier Escamilla Hernández

Ayer participé en un taller relacionado con la integridad del ser humano y me movió a escribir algunas reflexiones al respecto:

En el complejo escenario contemporáneo, marcado por la expansión de redes delictivas que influyen en ámbitos económicos, civiles e incluso políticos, la figura del ciudadano íntegro adquiere una relevancia extraordinaria. Cuando la delincuencia organizada logra infiltrarse en estructuras institucionales y en prácticas cotidianas, el riesgo no sólo es la comisión de delitos, sino la normalización de la corrupción, el miedo y la indiferencia, en este contexto, la integridad deja de ser una virtud privada para convertirse en un acto profundamente público y transformador.

Ser un ciudadano íntegro implica actuar con coherencia entre valores y conductas, respetar la ley no por temor a la sanción, sino por convicción ética, y rechazar beneficios obtenidos mediante prácticas ilícitas, aunque parezcan pequeñas o socialmente toleradas. En entornos donde el soborno, la extorsión o el favoritismo se presentan como mecanismos “normales” para resolver trámites o acceder a oportunidades, la integridad representa una forma de resistencia moral. Cada decisión honesta, por mínima que parezca, contribuye a debilitar la red de complicidades que permite a la delincuencia organizada expandirse.

Además, la integridad fortalece el tejido social, las organizaciones criminales prosperan donde prevalece la desconfianza y el individualismo extremo. Cuando las personas desconfían de sus vecinos, de las autoridades y de las instituciones, se fragmenta la cohesión comunitaria y se facilita el control mediante el miedo; en contraste, el ciudadano íntegro promueve relaciones basadas en el respeto, la solidaridad y la responsabilidad compartida, denunciar actos ilícitos, participar en espacios comunitarios y exigir transparencia a los gobernantes son expresiones concretas de esa integridad activa.

La dimensión política también es fundamental: en contextos donde intereses criminales buscan influir en procesos electorales o en decisiones gubernamentales, la integridad ciudadana se manifiesta a través del voto informado, la vigilancia del ejercicio del poder y la participación crítica en el debate público. La apatía y el cinismo son terreno fértil para la captura de las instituciones; la conciencia ética, en cambio, impulsa la rendición de cuentas y la defensa del Estado de derecho.

No obstante, ser íntegro en estos tiempos no está exento de riesgos ni dificultades, requiere valentía para rechazar presiones, paciencia para enfrentar procesos lentos de cambio y fortaleza para sostener principios frente a entornos adversos. La historia demuestra que las transformaciones profundas no surgen exclusivamente de grandes discursos, sino de la suma de acciones coherentes realizadas por ciudadanos comprometidos.

En definitiva, la integridad no es un ideal abstracto, sino una práctica cotidiana que sostiene la dignidad personal y la salud democrática. Frente al avance de la delincuencia organizada, la respuesta más poderosa no radica únicamente en estrategias de seguridad, sino en la construcción de una cultura cívica basada en la honestidad, la responsabilidad y el compromiso con el bien común.

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