EL AÑO EMPIEZA, LA VIDA CONTINÚA
- Jimena Bañuelos
- 13 enero, 2026
- Columnas
- 0 Comments
Por: Jimena Bañuelos Santamaría
Aunque parece que fue ayer cuando descorchamos el cava y brindamos por el primer día del año, el calendario nos recuerda que estamos en el ecuador de este mes y que sin darnos cuenta llevamos caminando por el 2026 casi dos semanas. Los propósitos, seguramente, sigan intactos, sin estrenar y aún no se han visto influidos por el desgaste del tiempo. Algunos, previsiblemente, llegarán a buen puerto y otros, inevitablemente, se quedarán por el camino o reaparecerán en futuras listas. Y no pasa nada. Porque no se trata de acumular metas, sino de ser honestos con nosotros mismos y asumir hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Al final la actitud es lo que cuenta y, por eso, hay que ser realista y saber, sin engañarnos, lo que realmente estamos dispuestos a hacer o a cambiar. Indiscutiblemente, lo que debe primar es nuestra felicidad y esos propósitos son intenciones y pueden ir variando en función de nuestros deseos y, por supuesto, de nuestro presente.
Un presente que vive instalado en el hoy y en el ahora. Es más, si nos despistamos se nos escapa entre los dedos. Sabemos que ese “hoy” no se repite ya que cada día que pasa es un día que no vuelve. No sé lo que me deparará este año, pero lo que sí sé es la intención con la que afronto todas la aventuras que el 2026 me quiera brindar. Siempre se aprende con la experiencia y no dudo que este año me dejará todo tipo de recuerdos. Eso sí, la felicidad siempre será el motor porque ésta es el principio irrenunciable ante todo. En el fondo, ser feliz es lo que cuenta y quedan muchos capítulos por escribir a lo largo de este año. Enero acaba de empezar, pero en un suspiro ha volado la primera quincena y esto me confirma que el tiempo no es oro porque el tiempo es vida.
Una vida que me ha enseñado a aceptarla tal y como viene, sin condiciones ni excusas, aunque a veces cueste más de lo que nos gustaría. No todo es sencillo, ni mucho menos. El camino tiene espinas y tropiezos, pero incluso ellos cumplen su función. Las cicatrices no solo duelen, también hablan de resistencia, de aprendizaje y de fuerza. Una fuerza que, aunque a veces dudemos de ella, vive dentro de nosotros. En nuestra mente y en las palabras que nos decimos en silencio. Esa conversación interna tiene un poder inmenso, mucho mayor que cualquier opinión ajena. Por eso, creer en uno mismo no es una opción, es una necesidad vital. Reconocer lo que valemos es el primer paso para empezar a querernos sin reservas. El “qué dirán” pierde sentido cuando uno ha construido su personalidad a base de experiencias reales y de lecciones que solo la vida puede enseñar.
Precisamente, esas lecciones llegan cuando menos te lo esperas. Reconozco que en enero de hace unos cuantos años comenzó para mí la enseñanza más dura. Obviamente hubo un antes y un después. Aprendí que en un segundo todo puede cambiar, entendí que nada está garantizado, pero también que la vida es, precisamente, lo que sucede después. Por eso, desde aquel momento, hay un propósito que se repite cada año en mi lista. No porque no lo haya cumplido, sino porque necesito recordarlo constantemente: la vida solo se vive una vez. Y cuando nos regala una segunda oportunidad, no es por casualidad. Es una invitación, sin duda, a vivir y a sentir. No dejemos para mañana… (ya me entienden)

