San Mateo Atenco, Méx., a 29 de noviembre de 2025
- Daniel Valdez García
- 29 noviembre, 2025
- Columnas
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Querida familia, amigos y feligreses:
Estamos por concluir el año litúrgico. Mañana domingo 30 de noviembre lo cerramos e iniciamos uno nuevo, guiados por el Evangelio de san Mateo. Su gran hilo conductor es la justicia (δικαιοσύνη, dikaiosýnē en griego; cf. Mt 3,15; 5,6.10.20; 6,1.33; 21,32), que, en el Evangelio, significa algo muy concreto y muy bello: aprender, paso a paso, a ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios.
Desde muy antiguo, filósofos y juristas reflexionaron sobre la justicia:
– Aristóteles la llama “la más excelente de las virtudes”, porque busca siempre el bien del otro y de la comunidad.
– El jurista romano Ulpiano la define como “la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde”.
Estas intuiciones humanas nos ayudan a comprender mejor la justicia del Evangelio. Pero Jesús va más allá: no se trata sólo de dar externamente a cada uno lo suyo, sino de vivir en una relación justa con Dios y con los hermanos, dejando que Él transforme nuestro corazón.
Sabemos que la justicia humana es frágil y limitada. Vemos corrupción, abusos, indiferencia… y es fácil caer en el juicio ligero. Sin embargo, el Señor hoy no nos invita a mirar sólo “allá afuera”, sino a comenzar dentro de casa y dentro del propio corazón.
La vida nos enseña que todo gesto cuenta:
– La mamá que perdona con paciencia una palabra dura de su hijo.
– El papá que, cansado, se levanta y sale a trabajar con honestidad.
– El joven que decide no copiar en un examen, aunque “todos lo hagan”.
– El abuelo que reza en silencio por su familia.
Todo eso es justicia según el Evangelio: poner cada día un ladrillo de bien donde podríamos haber dejado un vacío o una herida. Es asumir, en lo cotidiano, esa “constante y perseverante voluntad” de obrar el bien y de reconocer al otro lo que es suyo: su dignidad, su buen nombre, su derecho a la verdad y al cariño.
En tiempos de Sócrates, el pueblo llenaba las plazas pidiendo castigo para los corruptos. Y Sócrates les recordó algo incómodo y verdadero: “Salieron de nuestras casas y de nuestras escuelas”. También hoy podemos señalar a políticos, jefes o sistemas, pero el cambio profundo empieza en nuestra propia mesa: en la forma en que hablamos de los demás, en cómo tratamos a quien piensa distinto, en la decisión de no educar en el rencor, sino en la verdad y en la misericordia.
Este nuevo año litúrgico se convierte, así, en una invitación muy concreta:
– A revisar cómo ejercemos la justicia en casa: ¿escuchamos antes de juzgar?, ¿perdonamos o guardamos listas de ofensas?, ¿somos justos con el tiempo que dedicamos a los nuestros?
– A ser justos en lo pequeño: pagar lo que corresponde, hablar con verdad, cumplir la palabra dada, defender a quien no tiene voz, aunque sea con un sencillo “no es justo lo que le estás haciendo”.
No se trata de convertirnos en jueces de todos, sino en constructores de paz. La verdadera justicia evangélica siempre va unida a la misericordia. Una corrección hecha con amor, una disculpa sincera, un abrazo ofrecido después de una discusión valen más que mil discursos sobre lo que está mal en el mundo.
Durante este tiempo de Adviento estaré predicando, desde la teología, sobre la importancia de la conexión con el misterio de la Encarnación, inspirado en las antiguas procesiones del 2 de febrero, del Viernes Santo y otras, cuando obispos y sacerdotes caminan descalzos al inicio. Ese gesto de ir con los pies descalzos dice: “Así como estoy, frágil, limitado y sin defensas, me presento ante Dios”.
Cuando hablamos de ir “con los pies descalzos y el alma pura”, queremos expresar algo muy sencillo y profundo:
– Pies descalzos: presentarnos sin máscaras ni apariencias, dispuestos a tocar la realidad tal como es, uniendo cielo y tierra.
– Alma pura: sin doblez ni excusas, dejando que Dios mire nuestras heridas, nuestros miedos y también nuestros deseos más limpios.
Con esa actitud los invito a comenzar este nuevo año litúrgico.
Pienso, por ejemplo, en:
– Ese matrimonio que, después de años de reproches, se sienta a la mesa, se toma de la mano y se dice: “Perdóname, quiero empezar de nuevo”.
– Ese hijo que, con el corazón temblando, se anima a volver a casa y toca la puerta después de haberse alejado, y encuentra a su madre con los brazos abiertos.
– Esa persona que se acerca a la confesión después de mucho tiempo, no con grandes discursos, sino con una frase sencilla: “Señor, aquí estoy, así como soy, ayúdame a volver a Ti”.
– Esa familia que, al iniciar el Adviento, apaga la televisión, enciende la corona y reza juntos un Padrenuestro, poniendo nombre a las personas por las que quiere pedir.
– Los adolescentes y jóvenes alejados de Dios y de la Iglesia por diversas razones, que necesitan sobre todo testimonios vivos, más que palabras.
Ahí se hace visible lo que significa tener “pies descalzos y alma pura”:
– Cuando acepto que necesito ayuda y pido consejo.
– Cuando dejo de justificar mi carácter y reconozco que he herido.
– Cuando decido devolver lo que no es mío, aunque nadie me haya descubierto.
– Cuando elijo callar un chisme y, en su lugar, decir una palabra que construya.
Que este fin de año sea, para cada uno, un examen sereno del corazón:
– ¿A quién necesito pedir perdón?
– ¿A quién necesito perdonar?
– ¿Dónde puedo ser más justo y más honesto, aunque nadie me aplauda?
Que el inicio del nuevo año litúrgico sea un verdadero preludio de lo que queremos sembrar y anhelamos cosechar: más verdad, más justicia, más paz y más amor en nuestras familias y comunidades.
Sepan que agradezco que se den la oportunidad de leerme, así como su retroalimentación que me hace mucho bien.
Los abrazo con cariño y cercanía en el corazón de Cristo,
Daniel Valdez García
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RECUADRO FORMATIVO SOBRE LA JUSTICIA
– **Aristóteles (filósofo griego)**
Llama a la justicia “la más excelente de las virtudes”, porque no mira sólo al bien personal, sino al bien del otro y de toda la comunidad.
– Ulpiano (jurista romano)
Define la justicia como:
«La constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde».
En latín: “Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi”.
– Iluminación cristiana
Para el Evangelio, esta justicia humana se plenifica cuando nace de la relación con Dios y se convierte en un estilo de vida:
– Buscar siempre la voluntad del Padre (cf. Mt 3,15; 6,33).
– Tratar al prójimo con verdad, misericordia y respeto por su dignidad.
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Nota catequética sobre las citas de “justicia” en Mateo
(δικαιοσύνη, dikaiosýnē – traducciones en uso en México)
– Mt 3,15
«Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”».
• Jesús se somete al plan del Padre y se solidariza con los pecadores. “Cumplir toda justicia” es obedecer plenamente la voluntad de Dios.
– Mt 5,6
«Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados».
• Es desear con todo el corazón que Dios reine: en la propia vida, en la familia y en la sociedad.
– Mt 5,10
«Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos».
• La fidelidad al Evangelio puede traer burlas o rechazo, pero Dios promete su Reino a quienes se mantienen firmes.
– Mt 5,20
«Porque les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos».
• No basta cumplir por fuera. La justicia que Dios quiere nace de un corazón sincero, no sólo de cumplir normas.
– Mt 6,1
«Cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para que los vean; de lo contrario, no tendrán recompensa de su Padre celestial».
• Jesús advierte contra la religiosidad de apariencia. La justicia verdadera se vive para Dios, no para quedar bien con los demás.
– Mt 6,33*
«Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura».
• Poner en primer lugar a Dios y su modo de ver la vida; lo material viene después, como regalo y no como centro.
– Mt 21,32
«Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron. Y ustedes, ni siquiera después de ver esto, se arrepintieron para creerle».
• Juan Bautista vivió y anunció una vida recta. Los que se reconocían pecadores se convirtieron; los “seguros de sí mismos” cerraron el corazón.





