LA INFRAESTRUCTURA INVISIBLE QUE SOSTIENE A LAS CIUDADES

La mayoría de las personas identifica fácilmente las grandes obras públicas de una ciudad: puentes, distribuidores viales, parques, edificios gubernamentales o avenidas recién pavimentadas. Son construcciones visibles que generan reconocimiento político y forman parte del paisaje urbano. Sin embargo, existe otra infraestructura mucho más importante para la vida cotidiana que permanece oculta bajo nuestros pies y que, paradójicamente, sólo adquiere protagonismo cuando deja de funcionar.
Se trata de las redes de agua potable, los sistemas de alcantarillado sanitario y el drenaje pluvial. Una infraestructura silenciosa e invisible que hace posible que las ciudades existan.

Cada mañana, millones de personas abren una llave esperando que salga agua limpia. Accionan el sanitario con la certeza de que las aguas residuales desaparecerán por el drenaje. Circulan por las calles confiando en que una tormenta no las convertirá en ríos improvisados. Estas acciones, aparentemente simples, dependen de una compleja red de tuberías, pozos, plantas de bombeo, tanques de almacenamiento, colectores, emisores, cárcamos y plantas de tratamiento que trabajan las veinticuatro horas del día, los 365 días del año. Lo extraordinario es que casi nunca pensamos en ello.

La mejor infraestructura hidráulica es precisamente aquella que pasa inadvertida. Mientras el agua llegue a los hogares y el drenaje funcione correctamente, nadie repara en el enorme esfuerzo técnico, humano y financiero que existe detrás de cada litro distribuido y de cada descarga sanitaria. Pero cuando esa infraestructura falla, la ciudad prácticamente se detiene.

Una ruptura en una línea principal puede dejar sin agua a miles de familias durante varios días. Un colector colapsado puede inundar colonias enteras. Una estación de bombeo fuera de servicio puede provocar el desbordamiento del sistema de alcantarillado. Una planta de tratamiento inoperante puede contaminar ríos y afectar la salud pública. En cuestión de horas, aquello que permanecía oculto se convierte en noticia.

El problema es que gran parte de esta infraestructura fue construida hace varias décadas. Muchas ciudades mexicanas conservan redes hidráulicas instaladas entre los años sesenta y ochenta, cuando la población urbana era considerablemente menor y las condiciones climáticas eran distintas. Esas tuberías, diseñadas para una realidad que ya no existe, hoy enfrentan mayores demandas, materiales envejecidos y un mantenimiento frecuentemente insuficiente. A ello se suma el crecimiento urbano acelerado. Colonias completas se desarrollaron en zonas donde originalmente no existía infraestructura suficiente o donde las redes fueron ampliadas sin una planeación integral. El resultado son sistemas que operan al límite de su capacidad.

Paradójicamente, el deterioro de esta infraestructura suele avanzar de manera silenciosa. Las fugas de agua ocurren bajo el pavimento, los colectores pierden capacidad por azolve, las tuberías se corroen lentamente y las conexiones clandestinas alteran el funcionamiento hidráulico de las redes. Todo ello ocurre fuera de la vista de la población. La consecuencia es que las inversiones destinadas al mantenimiento preventivo suelen posponerse. Desde la perspectiva política resulta más atractivo construir una nueva obra que rehabilitar un colector enterrado o sustituir kilómetros de tubería que nadie observará una vez concluida la obra. Sin embargo, la falta de mantenimiento termina siendo mucho más costosa.

Al mismo tiempo, la creciente urbanización ha reducido las áreas de infiltración natural. El agua de lluvia escurre rápidamente hacia el drenaje pluvial, incrementando el riesgo de inundaciones. Lo que antes absorbían los suelos, hoy debe ser transportado por tuberías cuya capacidad resulta insuficiente durante tormentas extraordinarias. Frente a este panorama, la modernización de la infraestructura hidráulica debe convertirse en una prioridad de Estado y no únicamente en una responsabilidad de los organismos operadores. Las inversiones requeridas son cuantiosas, pero mucho menores que los costos económicos y sociales derivados del colapso de los servicios.

Además de construir nuevas obras, resulta indispensable conocer el estado real de las existentes. La digitalización de redes, el uso de sistemas de información geográfica, sensores de monitoreo, inteligencia artificial y modelos hidráulicos permiten hoy administrar la infraestructura con mayor eficiencia, anticipar fallas y optimizar las decisiones de inversión.
No obstante, ninguna tecnología sustituirá la necesidad de una adecuada planeación y de políticas públicas de largo plazo. Las redes de agua potable y alcantarillado no pueden administrarse con la lógica de un periodo de gobierno de tres o seis años. Se trata de infraestructura diseñada para servir durante varias generaciones y cuya conservación exige continuidad institucional.

PIENSA GLOBALMENTE, ACTÚA LOCALMENTE
El pago por los servicios de agua potable, alcantarillado y saneamiento es el principal financiamiento para la construcción y mantenimiento de la infraestructura oculta. Te invito a pagar tus servicios puntualmente. Recuerden #SalvemosOjuelos.
Reciban un abrazo de su amigo, Luis Eduardo Mejía Pedrero. Comentarios al correo [email protected] Instagram @mejiapedrero Twitter @cuencalerma o por Facebook.