Acuerdo entre Líbano e Israel abre nueva etapa política, pero enfrenta fuerte resistencia interna
- Aline de La Luz
- 29 junio, 2026
- Nacional e Internacional
- Israel, Líbano
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Ciudad de México. – El pacto firmado en Washington busca fortalecer al Estado libanés, desarmar a grupos armados y avanzar hacia una paz duradera; sin embargo, el rechazo del presidente del Parlamento, Nabih Berri, evidencia la profunda división política que atraviesa el país.
El reciente Acuerdo Marco firmado en Washington entre Líbano e Israel marca uno de los acontecimientos políticos más relevantes para el país árabe en las últimas décadas, al plantear no solo un mecanismo para poner fin al conflicto con Israel, sino una transformación estructural del sistema político y de seguridad libanés.
El documento establece una hoja de ruta para alcanzar una paz duradera mediante negociaciones directas con la mediación de Estados Unidos. Como eje central, propone restablecer plenamente la autoridad del Estado sobre todo el territorio libanés mediante el despliegue del Ejército Nacional y el desarme gradual de todos los grupos armados que operan fuera del control gubernamental.
La implementación del acuerdo iniciaría en zonas piloto, permitiendo el regreso de miles de personas desplazadas por los conflictos y dando paso a un amplio programa internacional de reconstrucción respaldado por la comunidad internacional.
Israel sostiene que su presencia militar responde exclusivamente a razones de seguridad y asegura no tener reclamaciones territoriales sobre Líbano. En tanto, Estados Unidos condicionaría su apoyo económico y militar al cumplimiento de compromisos concretos por parte del gobierno libanés, además de colaborar para impedir el financiamiento de organizaciones armadas y garantizar que los recursos para la reconstrucción sean administrados únicamente por las instituciones oficiales.
El acuerdo ha generado una intensa confrontación política dentro del Líbano. El presidente del Parlamento, Nabih Berri, manifestó públicamente su rechazo al pacto, evidenciando una disputa que trasciende la relación con Israel y se centra en el modelo de Estado que el país adoptará en el futuro.
Mientras el presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam impulsan un Estado con una sola autoridad política y militar, en el que únicamente las instituciones oficiales tengan el monopolio legítimo del uso de la fuerza, Berri y los sectores cercanos a Hezbollah defienden que la denominada “resistencia” mantenga una capacidad militar independiente del Estado.
Esta diferencia de visión ha abierto un debate sobre el rumbo institucional del país y el equilibrio de poder que ha caracterizado a Líbano durante décadas.
Analistas consideran que las declaraciones de Berri forman parte de una estrategia para conformar una coalición política capaz de frenar la implementación del acuerdo. Su respaldo público al líder druso Walid Joumblatt busca demostrar que la oposición no se limita únicamente a los sectores chiitas representados por Amal y Hezbollah.
Sin embargo, el contexto internacional es distinto al de años anteriores. Estados Unidos, la Unión Europea y varios países árabes, entre ellos Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto, respaldan el fortalecimiento de las instituciones estatales y las reformas promovidas por el nuevo gobierno.
A ello se suma una creciente demanda social por priorizar la reconstrucción económica y la estabilidad, lo que podría reducir el margen político de los grupos que se oponen al acuerdo.
Uno de los principales argumentos de Berri ha sido comparar el nuevo pacto con el Acuerdo del 17 de mayo de 1983, que terminó fracasando.
No obstante, especialistas consideran que las condiciones actuales son completamente diferentes. En aquella época, Siria ejercía una fuerte influencia sobre la política libanesa y el mundo árabe se encontraba profundamente dividido, mientras que hoy existe un respaldo regional mucho más amplio al fortalecimiento del Estado.
Además, Hezbollah enfrenta un escenario más complejo tras los recientes conflictos, e Irán, su principal aliado, también afronta importantes desafíos en la región.
El debate también ha puesto de manifiesto la permanencia de la influencia iraní en la política libanesa. La coordinación entre Nabih Berri y Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, confirma que Teherán continúa considerando a Líbano como una pieza estratégica dentro de su política regional.
Para diversos analistas, esta situación contrasta con las críticas de Berri hacia la mediación estadounidense, al tiempo que evidencia el peso que aún conservan los actores externos en la política interna del país.
El principal desafío para el presidente Joseph Aoun será avanzar en el fortalecimiento del Estado sin provocar una nueva confrontación interna.
Si el proceso de desarme de los grupos armados se acelera demasiado, podría aumentar el riesgo de inestabilidad. En cambio, si avanza con excesiva lentitud, el gobierno podría perder el respaldo político y financiero de la comunidad internacional, indispensable para la reconstrucción del país.
En este contexto, la diáspora libanesa también podría desempeñar un papel relevante al respaldar el fortalecimiento institucional y promover una narrativa basada en la soberanía nacional, la consolidación de las instituciones y el monopolio estatal del uso legítimo de la fuerza.
Con ello, Líbano enfrenta una de las decisiones más trascendentales de su historia contemporánea: consolidarse como un Estado plenamente soberano con instituciones fortalecidas y un único ejército, o mantener un modelo en el que actores armados no estatales continúen desempeñando un papel determinante en la seguridad y la política nacional.








