EL VALLE DEPORTIVO
- Pedro Eric Fuentes López
- 22 junio, 2026
- Columnas
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Pedro Eric Fuentes López
El amor a la camiseta en los tiempos del vandalismo. Gabriel García Márquez
La cruda del triunfalismo, son esos días en los que en nuestro México se confunde la gloria con el desorden. Ajá, amanecer en el país y con la resaca nacional que no es de alcohol, sino de una total aberrante y desproporcionada incongruencia. La Selección Nacional gana un partido de fútbol y, de inmediato, cientos, bueno, miles a lo largo y ancho del país activan su propio protocolo favorito: el de la histeria colectiva. De alguna manera mística, once hombres pateando un balón con éxito en una cancha extranjera se convierten en la licencia de conducir obligatoria para que miles salgan a las calles a destrozar el mobiliario urbano, a orinar en los monumentos que juran defender y a agredirse entre hermanos vistiendo la misma camiseta verde. Vaya cinismo e inmadurez emocional y más…
Creo firmemente que es una ironía digna de un laboratorio sociológico. Nos quejamos amargamente de la violencia cotidiana, del tejido social roto y de la falta de civismo de nuestros gobernantes; pero basta que la pelota cruce la red rival para que el fanático promedio se despoje de la poca civilidad que le queda. Celebrar un triunfo deportivo con vandalismo no es pasión, es una profunda inmadurez cultural. Es vaciar las carencias personales en el festejo ajeno. El fútbol en este país se ha vuelto la droga perfecta: anestesia el juicio y despierta los peores demonios disfrazados de “amor a la camiseta”. A esos fanáticos que confunden el orgullo con el descontrol hay que hablarles claro: su festejo salvaje no enaltece al país, lo rebaja. Ganar en la cancha no nos hace mejores si seguimos perdiendo en la calle, y peor aún, por ellos y como dice el viejo adagio: por unos pagamos todos. Bah!
Es por ello que -al menos yo- digo que la verdadera grandeza de una nación no se mide por los goles anotados en un torneo veraniego, sino por la capacidad de su gente para asimilar el éxito con templanza y la derrota con dignidad. Urge un baño de humildad colectiva. El triunfo debe ser un catalizador de unidad, un pretexto para encontrarnos en la alegría, no para fragmentarnos en el caos. Si pretendemos que el mundo nos respete como una potencia -cuestión que dista lejos, pero muy lejos de la realidad y prontitud- debemos empezar por respetarnos a nosotros mismos en el espacio público. Control, cordura y memoria: la pelota dejará de rodar mañana, pero el país que dejamos después de la fiesta es el que nos toca habitar todos los días.
Aprendamos a ganar como grandes, antes de que el propio éxito nos termine por destruir; porque contamos con los ejemplos de los asiáticos que independientemente de los resultados de sus selecciones, jugadores, clavadistas, atletas, deportistas de cualquier área, ellos, donde se encuentren manifiestan y muestran una cultura de civilidad a prueba de todo; en las gradas de los diferentes escenarios, al término de las justas, des dedican a limpiar la basura, lo irónico del tema es que levantan la de ellos pero al ver el desorden y valemadrismo puro de los nuestros, suman más esfuerzos y limpian lo ajeno, y por más que no se quiera mostrar o creer, es que todos participan como un real equipo comprometidos con el escenario, con su esencia en donde intervienen desde los niños hasta los abuelos. ¿Acá? Es de pena propia y ajena, disturbios, pleitos y broncas, riñas en colectivo y en anonimato, alcoholizados en el mejor de las cosas y evidentemente consumo de estupefacientes y otras cositas. Es una vergüenza total que por eso en el extranjero, a menudo en los estadios las autoridades están tan avisadas y advertidas, que colocan vallas y casi casi marca personal sobre estos energumenos que solo asisten a evidenciar su incultura y desviar todas sus emociones descoyuntadas por -según ellos- sobresalir a costa de todo, vaya locura.
No cabe duda que cada vez más la industria deportiva nos está llevando cada día más a estar en casa y cuidarnos, que asistir a un circo romano de la actualidad. Para los puristas dirán que son casos aislados, para los realistas, diremos que es tiempo de parar la barbarie disfrazada de una excedente alegria con fiebre de notoriedad. Prefiero mil veces no asistir a ninguna disque celebración…
Pásenla bien!!!






