EL VALLE DEPORTIVO
- Pedro Eric Fuentes López
- 18 mayo, 2026
- Columnas
- 0 Comments
Pedro Eric Fuentes López
Cuando el deporte se convierte enteramente en un negocio, deja de ser un deporte y pasa a ser simplemente una rama de la industria del entretenimiento. George Orwell
Aunque es cierto que no es el grueso de las opciones deportivas, cada vez son más aquellas disciplinas que basan y merman sus estándares porque anteponen el negocio y el show sobre las actividades deportivas; además, es ridículamente proporcional al sector que sigue eventos, que lo único que conlleva en nombres y plazas es la sinergia de una atracción con morbo. Basta ver y/o saber de los pseudoespectáculos con tintes deportivos que congregan a grandes masas, sin que les afecte o importe detenidamente la especialidad o rama del deporte que está siendo arrastrada como una bandera blanca, pero para generar más negocio y, por ende, mucha lana; que lo consabido de buscar, detectar, generar, cuidar, proveer, encauzar y más a talentos que destaquen en la materia. Por ejemplo, para mí está el caso del espejismo de la nostalgia; es decir, ¿por qué el regreso de Ronda Rousey y Gina Carano es puro negocio y cero deporte?
Acá yace lo que venimos viendo y absorbiendo: el deporte profesional padece una alarmante crisis de identidad. En una era obsesionada con el impacto digital, la métrica del clickbait y la monetización de la nostalgia, la frontera entre la alta competencia y el espectáculo circense se ha disuelto por completo. Las negociaciones —$$$$— y preparativos que apuntaron al regreso al octágono de Ronda Rousey y Gina Carano no fue una gran noticia para las Artes Marciales Mixtas (MMA); ¡noooo! Es, en realidad, el síntoma más severo de su degradación comercial. Vender el retorno de dos figuras históricas después de años de inactividad es más bien cine de serie B y cuántas polémicas en redes sociales que, dicho sea de paso, eso no es un homenaje a sus legados; es —en el mejor de los casos— un insulto al presente de un deporte que hoy cuenta con atletas más completas, mejor preparadas y en plenitud física. La pregunta no era si podían volver a pelear, sino por qué la industria prefiere desenterrar mitos en lugar de construir nuevas realidades. La respuesta es tan cruda como el negocio mismo: hoy importa más el show que el deporte. ¡Neta! Debemos y tenemos que ver y aceptar los hechos con realismo y sin el romanticismo de la mercadotecnia.
Ronda fue un huracán indispensable para las MMA femeniles; sin ella, Dana White jamás habría abierto las puertas de la UFC a las mujeres. Su judo fue revolucionario. Sin embargo, su salida de las MMA no fue la de una campeona en el ocaso de su carrera; fue una huida psicológica tras ser desmantelada técnica y físicamente por Holly Holm y Amanda Nunes. Rousey nunca supo absorber la derrota. Buscó refugio en los brazos del entretenimiento deportivo con guion predeterminado —la WWE— y en una vida alejada del rigor del campamento de combate real. Que ahora en este tiempo, y después de ser madre por primera ocasión, se haya planteado su regreso al octágono fue —creo firmemente— un despropósito deportivo. Bien sabemos que el deporte en general, donde incluimos a las MMA, evolucionó a pasos agigantados y siguen haciéndolo; pero, infortunadamente, poderoso caballero es don dinero y se aparece para darle el toque que no muchos aceptan: primero el negocio, después el deporte… Siempre he pensado y sustentado que los retornos no obedecen a una deuda con el deporte; obedecen a la necesidad de la industria de facturar millones a costa de un público casual que prefiere el drama al análisis técnico. Del otro lado, enfrente, en los últimos años, el nombre de Carano ha estado más vinculado a las dinámicas de Hollywood, cancelaciones mediáticas, batallas ideológicas en la plataforma X y demandas corporativas que a un gimnasio de alto rendimiento. Es decir, intentar vender que una mujer de más de 40 años, alejada por completo de la disciplina de élite, pudo ofrecer un combate legítimo en las MMA modernas fue una falta de respeto para las peleadoras que se cortan el peso, pasan meses concentradas y ganan bolsas miserables en las carteleras preliminares. Esto ya no es deporte; es más bien como una coreografía nostálgica mal pagada en términos de credibilidad atlética. Y si no me creen, basta echar un ojo a las empresas promotoras que han tomado nota del éxito financiero de los hermanos Paul en el boxeo o de los pseudocombates de exhibición entre leyendas cincuentoneras. Han descubierto que el espectador promedio no busca la excelencia técnica, sino la narrativa del entretenimiento. El problema es que el boxeo de exhibición —en estricta comparación— es un juego de niños comparado con las MMA, donde una mala preparación o un reflejo lento debido a la edad y la inactividad pueden resultar en lesiones cerebrales o cervicales catastróficas. Empero, las grandes ligas de los negocios deportivos envían un mensaje devastador a sus activos: no importa cuántas peleas ganes de forma consecutiva, ni qué tan pulida sea tu técnica; si no tienes diez millones de seguidores en Instagram o un pasado de gloria hollywoodense, siempre serás desplazada por un fantasma del pasado. Se está cambiando la meritocracia deportiva por el algoritmo del entretenimiento y pudiera ser catalogado como lo que es: un circo romano moderno diseñado para la televisión de pago por evento.Y si la industria insiste en cambiar la pureza de esa competencia deportiva —la que sea— por el brillo artificial del show business, entonces y, lamentablemente, terminará por matar a la gallina de los huevos de oro: la credibilidad que tanto trabajo costó construir.
Pásenla bien!






