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Por Rocío Hernández Rogel

Cuando era niña, me ponía a imaginar mi vida adulta con esos beneficios de poder tener tu propio dinero, tu auto, viajar, no pedir permiso a mis padres y según hacer lo que yo quiera, vestirme como quisiera y comer lo que quisiera; no imaginaba ni pensaba en mis emociones, no conocía sobre lo que era el amor propio y la gestión emocional, nadie me enseñó que también existía el estrés y la ansiedad y que la poca tolerancia a la frustración algunas veces me llevaría a tomar decisiones equivocadas. Pero eso no era relevante y creo que tampoco lo sigue siendo ahora para un niño o niña, es desde la mirada y el ejemplo del adulto que se tendría que aprender.

Nos decían que teníamos que imaginar lo que quisiéramos ser, pero que teníamos que ser los mejores y tener buenas notas. Que las niñas su color era el rosa y que se cuidaran de los niños porque molestaban, sobre todo, si sentían cierta atracción. A los niños que su color era el azul y cuestionándolos cuántas novias ya tenían.

Que las niñas debían siempre sonreír, aunque se sintiera incómoda y los niños que no lloren porque no son niñas.

Qué decir de la sexualidad, aún habían tabúes muy marcados donde incluso el lenguaje era cambiar palabras a los órganos sexuales como “pajarito” al pene o “colita” a la vulva. Que hablar de sexo y preservativos era la creencia errónea de inculcarles que fueran precoces. 

Había aspectos normalizados erróneamente, como el expresar tu sentir u opinión no tenían valor porque escuchabas expresiones como: “un niño, una niña cómo va a pensar o sentir eso, ni sabe qué es”, pero en realidad eran adultos que no tenían herramientas, recursos emocionales, que también fueron educados de la misma manera o incluso más deficiencias, y no con eso es justificar, solo es brindar una mirada de comprensión, compasión y aceptación.

Hoy somos adultas y adultos que si conocemos o nos atrevemos a conocer nuestra historia estaremos liberando de patrones a quienes hoy son las infancias. Ahí está el verdadero reto como nuevas generaciones, que si bien estamos heridos/as como lo están o estuvieron nuestros padres, el mayor regalo que tenemos es la auto conciencia y a partir de ahí hacer el trabajo que nos corresponde.

Aprendamos y accionemos el validar cada emoción que nuestras infancias hoy viven. Mirarlos, escucharlos, decirles que todo lo que sienten es importante, que hoy podemos sostenerlos más allá de llenarlos de tecnologías y juguetes. Es dejar de esperar que reparen lo que ellos/as no rompieron. Es mostrarles que el mundo sí puede ser mejor si se empieza a construir en un hogar sólido y lleno de amor, donde podemos mostrarles que los límites son importantes para desarrollar una vida responsable para que cuando crezcan no lastimen a otras personas, no se fracturen los entornos y exista más empatía, solidaridad, salud mental y responsabilidad afectiva.

Nuestras niñas y niños de hoy nos miran diciéndonos: “sé el adulto/a que tú querías tener cuando eras como yo”, “no hagas que me distraiga en el celular”, “no minimices cuando  te digo que estoy cansada/o y que a veces siento que no puedo”, “no me hagas saludar a personas que me incomodan”, “no molesto a mis compañeros/as porque sí, solo quiero que me veas”, “no me digas que me calle, que solo soy una niña/o que no entiendo, precisamente porque a veces no entiendo quiero que tú seas mi lugar seguro”.

Podría seguir con más peticiones o miradas de las infancias, pero creo que sería interminable, tú sabes qué te hizo falta, tú sabes que dolió, solo tú sabes que funcionó y qué amaste; solo hace falta que voltees, que contactes y permitas sostenerte a través de la inocencia que un día habitaste, sana pero que no sea desde el dolor, sino desde el amor para que este mundo pueda repararse.

No olvides formar tu frase.

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