LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Si buscamos en el diccionario “libertad de expresión” nos dice que es el “Derecho a manifestar y difundir libremente ideas, opiniones o informaciones.” Ahora bien, cuando se manipula dependiendo de las circunstancias ya no es un derecho se convierte en una coartada. Y esto es algo que cada vez ocurre con más frecuencia en distintos ámbitos. De hecho, la libertad de expresión se invoca como escudo cuando conviene, pero se olvida como principio cuando incomoda. Se defiende con vehemencia para proteger opiniones propias, pero se relativiza cuando lo que se dice no encaja con la sensibilidad del momento. Y así, poco a poco, se va vaciando de contenido.

Y digo esto porque la invocación a ella de Juan Carlos Rivero durante la pitada al himno de España en la final de la Copa del Rey fue flagrante y generó una avalancha de reacciones críticas en las redes sociales. Desafortunado fue decir como coletilla es “libertad de expresión” en un momento en el que el respeto y la solemnidad debieron ser los protagonistas. No todo vale y año tras año sucede lo mismo, mientras no se tomen medidas la estampa seguirá siendo muy lamentable. No hace falta usar la libertad de expresión como justificación porque los hechos hablaron por sí solos. La foto de La Cartuja demuestra lo que nos intentan negar. Una parte del estadio con la bandera de nuestro país y la otra desligándose de ella. Es triste pero así fue y la guinda la puso un comentarista que mejor hubiera estado callado.

El respeto hacia los símbolos es incuestionable. Apelar a la libertad de expresión no debería servir para banalizar comportamientos que deterioran la convivencia, ni para blindar actitudes que, lejos de enriquecer el debate, lo empobrecen. Recuperar el verdadero sentido de la libertad de expresión es fundamental para que podamos olvidar ese comodín que nos están vendiendo cuando a unos les interesa.

Por eso, cuando escuché a Rivero, sólo pensé en el famoso “¿Por qué no te callas?” de D. Juan Carlos I. Y no por nostalgia ni por teatralidad, sino porque, a veces, el silencio también comunica. Más aún cuando se está retransmitiendo a todo un país, cuando millones de personas esperan que quien narra no distorsione lo que ocurre, ni lo maquille bajo etiquetas que no corresponden. Quizá ahí esté la clave: no todo comentario aporta, no toda opinión suma y no toda intervención es necesaria. Hay momentos en los que el respeto no solo se demuestra hablando, sino sabiendo cuándo no hacerlo.

Y si algo debería tener claro este comentarista, que en unos meses hablará de la selección española en el Mundial, es que su voz es solo suya. Rivero, más vale estar callado que convertir la libertad de expresión en una excusa vacía.