ENTRE PÓLVORA Y REIVINDICACIÓN

Como cada año, marzo irrumpe cargado de fechas señaladas y simbolismo. En la Comunidad Valenciana suenan ya los primeros ecos festivos: las tradicionales mascletás marcan el pulso de una cuenta atrás que desembocará en los días grandes de las Fallas. Ya huele a pólvora. Mientras tanto en Castellón, la Magdalena está a la vuelta de esquina. Los preparativos ya están terminados y el pistoletazo de salida será el próximo sábado. Sin duda, por delante quedan muchas jornadas de pólvora, tradición y encuentro. No hay que olvidar que no hace tanto, por estas mismas fechas, el mundo se paralizaba ante una pandemia que transformó nuestra rutina de un día para otro. Años después, miramos atrás con la serenidad que da el tiempo y la certeza de haber superado una etapa que nos puso a prueba como sociedad.

Marzo trae consigo la promesa de la primavera, con su luz renovada y ese deseo de que el clima mejore. Celebraremos a nuestros padres y, también, el Día Internacional de la Mujer. Una jornada en la que todo se tiñe de morado y la reivindicación por la igualdad está en su punto más álgido, pero esta reivindicación tendría que reflejarse día a día y con sentido común, porque flaco favor están haciendo las que se auto proclaman lideresas del 8-M cuando son incapaces de dar un discurso coherente a favor de las mujeres. Digo coherente ya que la cantidad de barbaridades que se pueden escuchar superan la lógica humana.

Dijo Mathama Gandhi que “llamar a la mujer el sexo débil es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos brutal que el hombre. Si por fuerza se entiende el poder moral, entonces la mujer es inmensamente superior.” Una igualdad que no pasa, ni mucho menos, por ser una cuota, sino por el reconocimiento del valor individual. No se trata de enfrentar, sino de equiparar oportunidades; no de imponer etiquetas, sino de respetar capacidades.

Evidentemente hay que saber valorarse. Algo que es vital para afrontar los retos que la vida te plantea, ya seas hombre o mujer. Recuerdo que hace unos años ‘El Correo de Burgos’ me preguntó sobre este día y les dije: “Desde niña aprendí a creer en mí. Ahora, soy una mujer que lucha por sus sueños afrontando todas las dificultades, siempre siendo fiel a mis principios. Nadie tiene derecho a subestimarme.” Hoy sostengo exactamente las mismas palabras. La confianza en una misma no entiende de modas ideológicas ni de corrientes pasajeras. Es una convicción íntima que se fortalece con la experiencia y con los obstáculos superados.

Siempre me ha hecho gracia aquella frase de Groucho Marx sobre los principios y la tentación de cambiarlos según convenga. En mi caso, los principios no son moneda de cambio. En ellos reside la auténtica fortaleza. Las mujeres, a lo largo de la historia, han afrontado barreras evidentes; nadie puede negarlo. Pero el progreso no puede edificarse sobre planteamientos que, en nombre del empoderamiento, terminan reduciendo a la mujer a una etiqueta ideológica. Somos mucho más que un eslogan. Las mujeres tenemos el tesón suficiente para poder presumir de él y afrontar los retos que nos propongamos, pero de ahí a que nos quieran etiquetar sólo por el hecho de ser mujer hay un trecho. Ojalá llegue el día en que las reivindicaciones sean innecesarias porque la igualdad esté plenamente integrada en la sociedad y no haga falta subrayarla.

Desde luego, con la cabeza muy alta me siento orgullosa de ser quién soy y no necesito de pseudofeministas para luchar mis propias batallas. La vida me hizo fuerte para plantar cara a las dificultades y demostrar que la valía va intrínseca en la persona. Ya reflexionaba John F. Kennedy: “Yo no digo que todos sean iguales en su habilidad, carácter o motivaciones, pero sí afirmo que debieran ser iguales en su oportunidad para desarrollar el propio carácter, su motivación y sus habilidades”. Más claro, agua.