El pueblo y el antipueblo 

Por Julián Chávez Trueba 

A mitad de la semana

Hace algunos años se escuchaba a Diego Fernández de Cevallos lamentarse de una clase política incapaz de dialogar. Decía, con razón, que en la política el consenso nace de la suma de opiniones, no de la anulación del otro; que no existen adversarios, sino posturas distintas que deben convivir en el espacio público priorizando la argumentación y no el encono.

El fin de semana, entre gritos y empujones, se escuchaba a personas arremolinadas alrededor de la presidenta con la consigna: “¡Todos somos pueblo!”. La frase, más allá del fervor, anima a pensar que quizá comienza a resquebrajarse la mentira más rentable del poder: aquella que divide a la sociedad entre “pueblo” y “antipueblo”, como si desde el gobierno pudiera dictarse quién pertenece y quién queda excluido.

Bien lo advierte (aunque suene irónico citarla) la filosofía jedi: los absolutos conducen al lado oscuro (Obiwan). Y no es casualidad. El absolutismo simplifica la realidad hasta volverla peligrosa: blanco o negro, conmigo o contra mí, verdad o traición. Como si la complejidad social pudiera reducirse a consignas y como si existiera una sola verdad legítima y sobre todo, un único poseedor.

En política, entendida en su acepción más amplia, como la definía Duverger, todas las voces deben estar contenidas en la democracia; y como sostenía Montesquieu, también esas voces se contienen en la república. La vida pública y el control del país pertenecen a todos, no a una facción, no a un líder, no a un movimiento que se asuma moralmente superior. No es un “nosotros” contra “ellos”, porque ese discurso no fortalece al Estado: lo desgasta.

La soberanía, como lo establece la Constitución, reside esencial y originalmente en el pueblo. En todo el pueblo, no en el que aplaude, no en el que calla, no en el que repite consignas, sino también en el que disiente, cuestiona y exige.

Hablar de pueblo y antipueblo es una ficción útil (de José Woldemberg), para quien refiere necesitar dividir para gobernar. Pero en el fondo, quienes sostienen esa narrativa exhiben una profunda ignorancia histórica y una preocupante falta de fraternidad. La división interna nunca nos ha hecho más fuertes; por el contrario, siempre ha sido el terreno fértil para que otros, desde fuera, desde arriba o desde la sombra, terminen por imponerse (Trump).

Porque cuando el país se fragmenta, no gana el pueblo. Gana quien sabe aprovechar su ruptura.