SIN TON NI SON
- Francisco Javier Escamilla
- 21 enero, 2026
- Columnas
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Francisco Javier Escamilla Hernández
Acabo de terminar de leer una novela bastante peculiar, del Premio Nobel de Literatura 2025, László Krasznahorkai (de nacionalidad húngara), Tango satánico y recomiendo su lectura: es fascinante.
Esta impresionante novela ofrece una visión implacable de la condición humana a través del retrato de una comunidad rural sumida en la decadencia, esta novela es fundamental para la reputación internacional del autor y representa una de las contribuciones literarias más destacadas de la literatura centroeuropea contemporánea.
Ambientada en un pueblo rural húngaro aislado —casi en ruinas— la novela describe un mundo que parece haber sido olvidado por el tiempo. Los habitantes habitan una granja colectiva abandonada y esperan sin propósito real, aferrados a hábitos que repiten como rituales: el consumo de alcohol, la rutina cotidiana y la ilusión de un cambio milagroso. Esta repetición constante de acciones sin sentido refuerza una atmósfera de estancamiento y desesperanza que impregna toda la narración.
Uno de los elementos más distintivos de Tango satánico es su estructura. Dividida en doce capítulos que avanzan y retroceden, la novela imita los pasos de un tango: tres adelante, tres atrás. Esta disposición rompe con la linealidad temporal y transmite la sensación de estancamiento perpetuo que define la vida de los personajes. El tiempo no progresa; gira sobre sí mismo, atrapando a la comunidad en un ciclo de fracaso y repetición.
El estilo de Krasznahorkai es una de las características más distintivas de Tango satánico. Cada uno de los doce capítulos de la novela se extiende como una sola frase o párrafo largo, sin pausas ni cortes convencionales. Esta decisión estilística no es meramente estética, sino que crea un efecto de flujo continuo que refleja la experiencia interior de los personajes: un mundo sin respiro, donde los pensamientos y las acciones se entrelazan en un continuo monólogo de desesperanza. La ausencia de puntos finales obliga al lector a experimentar la narrativa de manera casi física, como si caminara interminablemente por un paisaje desolado.
En el centro de la trama está la figura de Irimiás, un hombre carismático que reaparece tras haber sido dado por muerto. Su retorno despierta en la comunidad la esperanza de que algo extraordinario pueda ocurrir, de que exista una salida al deterioro material y espiritual que los consume. Sin embargo, esta esperanza es frágil y se revela rápidamente como insostenible. La fe depositada en Irimiás funciona como un espejo de la vulnerabilidad humana ante las promesas de salvación exterior, especialmente cuando la realidad circundante es cruel y opresiva.
Tango satánico puede leerse, en última instancia, como una parodia de las utopías sociales y las falsas salvaciones. En lugar de progreso, el pueblo experimenta una regresión moral y una intensificación del vacío existencial. La novela se transforma así en una meditación profunda sobre la fragilidad de la esperanza frente a contextos de abandono y desesperanza estructural.
En fin, Tango satánico no es solo una obra sobre el colapso de una comunidad, sino una exploración radical de la fragilidad humana y la persistencia de ilusiones que, aunque necesarias, pueden resultar autodestructivas. Krasznahorkai, con su prosa hipnótica y exigente, desafía al lector a confrontar la repetición, la desolación y la esperanza truncada en un mundo que parece girar en torno a su propia ausencia de sentido.
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