La IBERO y EE. UU. sorprenden al gobierno

Por Julián Chávez Trueba

A mitad de la semana

¿Quién se mete con los estudiantes? ¿Qué hacer con un aquelarre de soñadores, desocupados y contestatarios? Pobre de Díaz Ordaz.

La vida de un gobierno es sencilla hasta que se toca la fibra sensible de la comunidad estudiantil. Entonces todo se complica, porque el estudiantado es un gremio altamente organizable, con tiempo, con convicción y con memoria histórica para demostrar su fastidio.

Hace unos días, con la desaparición y posterior reaparición de un profesor de la Universidad Iberoamericana de Puebla, se evidenció —una vez más— la ineficacia y la indiferencia con la que el gobierno federal trata los temas verdaderamente sensibles de la sociedad. Son tantas las muertes y desapariciones que el gobierno, claramente rebasado, ha optado por la mentira: maquillar cifras, cambiar denominaciones y jugar con la estadística como si eso pudiera engañar al dolor.

Ya no se habla de “muertos”, sino de “homicidios dolosos”. Así, por arte de magia, las cifras bajan. Ya no se cuentan los fallecidos en hospitales, ni las “balas perdidas”, ni las muertes colaterales. No es que haya menos violencia: es que hay más cinismo.

La comunidad de la IBERO reaccionó como suele hacerlo: unida, firme y organizada. Esta vez fue en Puebla, exigiendo a las autoridades que investigaran la desaparición sospechosa de un profesor que, todo indica, estuvo en manos de autoridades militares migratorias. Hoy sabemos que no hubo investigación, que el gobierno no supo —o no quiso decir— qué ocurrió, y que el propio profesor apareció por sus medios: golpeado, con costillas fracturadas y rescatado de un anexo para personas en situación de calle.

Lo más grave el relato del profesor. Ni la Guardia Nacional ni los militares ofrecieron información alguna, pese a que su intervención estuvo directamente vinculada con los hechos. Quienes sí actuaron fueron los policías: ese cuerpo permanentemente despreciado por el discurso oficial y, paradójicamente, el único que respondió por la cercanía a la comunidad.

El gobierno federal no sabe de duro, pero sí de lo tupido. Ante lo mínimo, no hace nada y podría pensarse que es porque atiende asuntos mayores, pero tampoco. En un discurso que no termina de cuajar, la presidenta insiste a diario en que nadie va a invadir México, que Estados Unidos no hará incursiones militares en territorio nacional, que la soberanía está a salvo. Lo repite con solemnidad, hasta con el Himno Nacional, como si la retórica blindara la realidad.

Mientras que Groenlandia es amenazada, Europa responde enviando tropas a sus fronteras. En México, en cambio, la saliva no tapa los hechos: “El Mayo” Zambada fue sustraído del territorio nacional; hay drones operando en Tierra Caliente; barcos que violan el espacio marítimo; aviones extranjeros aterrizando en el aeropuerto de Toluca. El gobierno no ataja ni lo complejo ni lo evidente.

Moraleja —ojalá no tengamos que comprobarla—: si algún día le pasa algo a un familiar, no espere a la autoridad. Júntese con un gremio, con los vecinos, cierre calles, haga ruido. Llame a Latinus o a TV Azteca. Viralícelo. Porque si algo ha quedado claro es que en este país no hay investigación para perseguir delitos… y mucho menos voluntad para resolverlos.