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Por: Elva María Maya Márquez

La ley del más fuerte

Al iniciar el año, nunca se pensó que la frase: “¡2026, sorpréndeme!”, se hiciera realidad casi de manera inmediata. En el caso de México, el viernes 2 de enero a las 7:58 horas, se registró un sismo de magnitud 6.5 con epicentro en San Marcos, Guerrero. En el contexto internacional, la madrugada del 3 de enero, Estados Unidos llevó a cabo el secuestro del presidente de Venezuela; Nicolás Maduro Moros.

Hasta aquí, es necesario hacer un pequeño paréntesis, ya que independientemente de la valoración que se tenga sobre este personaje, todo análisis serio y riguroso debe comenzar llamando las cosas por su nombre. Ni “extracción quirúrgica” ni “operación relámpago”. Lo que hizo Estados Unidos fue secuestrar al jefe de Estado de Venezuela. De nombrar este hecho de cualquier otra forma, se estaría validando que nuestro vecino del norte pueda invadir cualquier país y secuestrar jefes de Estado utilizando términos que intenten ocultar la realidad.

La acción descrita anteriormente, está en contra de “la Carta de las Naciones Unidas”, tratado internacional de la ONU, firmado en 1945, que establece propósitos, principios y obligaciones de los Estados miembro para mantener la paz y seguridad internacional, fomentando la cooperación y prohibiendo el uso de la fuerza. El Artículo 2 señala: “los miembros de la organización arreglarán sus controversias internacionales por medios pacíficos, de tal manera que no se pongan en peligro la paz, la seguridad internacional y la justicia. Se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado”.

No es la primera vez que Donald Trump deja claro que los tratados internacionales lo tienen sin cuidado, puede violar los acuerdos y tratados que se le vengan en gana, y como lo más que hace el “Consejo de Seguridad de la ONU” es tomar una pluma para redactar un pronunciamiento y “condenar enérgicamente lo ocurrido”, no hay esperanza de cambio, pues la historia intervencionista de Estados Unidos no es nueva. Cuba (1961), R. Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989), Haití (1994), Venezuela (2026). La pregunta es ¿Quién sigue? Asimismo, fuera de América Latina, la política exterior de Estados Unidos ha estado marcada por intervenciones directas (invasiones o bombardeos) y operaciones encubiertas.

Estados Unidos siendo Estados Unidos, pues sabe que no habrá consecuencias, impone sanciones y bloqueos comerciales a todos los países que quiere, pero a él, nadie le pone un alto. Entonces, nada cambia, Organismos Internacionales que no son más que una figura decorativa, mientras tanto, que las guerras sigan y Trump, el hombre con acusaciones de pedofilia y tráfico sexual, siga sintiéndose el policía moral del mundo.

A Trump no le importa la democracia, la libertad o el pueblo de Venezuela, lo que quiere, es su petróleo, ya que, a nivel internacional, Venezuela tiene las mayores reservas probadas. Entre todo lo acontecido, resulta profundamente desconcertante escucharlo afirmar que el petróleo que se encuentra en el subsuelo de Venezuela es propiedad de su país y que los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro lo habrían “robado”, otorgando así —según su razonamiento— el derecho a Estados Unidos de “recuperarlo”.

Esta afirmación no sólo es inesperada: contradice de manera frontal el derecho internacional vigente. Desde hace décadas, la comunidad internacional reconoce que los Estados son soberanos sobre su territorio y sobre los recursos naturales que se encuentran en él, incluido el subsuelo.

Aceptar su lógica, implicaría abrir la puerta a que Estados Unidos reclamara no sólo el petróleo mexicano, sino también la industria eléctrica nacionalizada en 1960 por el Presidente Adolfo López Mateos, incluida la Comisión Federal de Electricidad. Sería un retroceso histórico que anularía décadas de construcción jurídica internacional (De la Rosa, 2026).

La ocurrido en Venezuela, puede ser aplicado a cualquier otro país, ya que, como se ha dado cuenta, el presidente de Estados Unidos considera que las diferentes producciones de recursos básicos que han sido paulatinamente nacionalizadas en el continente pertenecen a este país y han sido “robadas”. Esto, sin que exista prueba alguna.

Hoy, no existe ninguna hipocresía en los discursos de Trump, es un imperialismo desnudo que puede ir a secuestrar a Maduro para apoderarse de los recursos estratégicos de Venezuela, que no solo es petróleo, también tierras raras.

El paradigma ha cambiado. El 3 de enero de 2026 será estudiado como el día en el que las agresiones militares del imperialismo estadounidense en América Latina regresaron y los tratados internacionales quedaron de adorno. También, como el día en el que algunos decidieron entregar moral y mediáticamente a la víctima a cambio de algunas migajas políticas desde Washington (Diario Red, 2026). Venezuela no es el primer país que Estados Unidos ataca, y lamentablemente no será el último.