La cultura ausente
- Julián Chávez Trueba
- 17 febrero, 2026
- Columnas
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Por: Julián Chávez
A mitad de la semana
Los libros escolares de educación básica siempre han sido motivo de debate, de encono, de disputa ideológica y también de genuina preocupación pedagógica. Hoy lo vemos con el Director de Materiales Educativos, aferrado a un puesto y a una “obra” que ha sido ampliamente señalada por su sesgo doctrinario. Tachado como argumentador filosófico de MORENA, impulsó contenidos en los libros gratuitos que, más que formar criterio, parecieran orientar hacia un radicalismo simplificador: el enojo con los gobiernos del pasado y la aceptación de verdades absolutas propias del partido hegemónico.
Su creación, harto criticada, fue acusada de eliminar contenidos matemáticos y de relativizar la objetividad en favor de postulados ideológicos nacionales. Se dejó atrás el humanismo universal que defendía Isidro Fabela para dar paso a un llamado “humanismo mexicano” que, lejos de dialogar con el mundo, parece encerrarse en un decálogo autorreferencial socialista.
La reacción del Director, reacio a cualquier revisión, exhibe el problema de fondo: la falta de autocrítica y de apertura a la diversidad de ideas. Si gobiernos anteriores descuidaron educación y cultura por omisión, el nuevo régimen parece no tener claro ni siquiera la finalidad última de ambos conceptos.
Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto se promulgó la primera Ley General de Cultura a nivel nacional —aún vigente—, cuyo eje central es la acumulación del acervo, la asimilación de nuevas expresiones culturales, la proyección de la cultura indígena y la accesibilidad a las manifestaciones artísticas. Podrá discutirse su eficacia, pero al menos existió la intención de dotar al país de un marco normativo específico.
En el Estado de México, bajo la administración de Delfina Gómez, se creó la Secretaría de Cultura y Turismo, separando museos, áreas musicales y editoriales del sector educativo para incorporarlas al campo turístico. En principio, la medida puede parecer acertada: la cultura como detonante económico y atractivo regional. Sin embargo, no se ha consolidado un marco normativo estatal que articule una verdadera política cultural con identidad propia.
Distinciones como Patrimonio de la Humanidad, Patrimonio Nacional, Pueblos Mágicos o el propio Fondo Editorial Mexiquense funcionan como escaparates relevantes, pero no necesariamente obedecen a un ideario cultural estructurado. Son piezas valiosas, sí, aunque dispersas también.
Coincido con la propuesta de Sergio Varela en su obra Aproximación Jurídica y Socio Antropológica a la Cultura en el Entorno Mexiquense, donde subraya la urgencia de una Ley de Cultura Estatal que sistematice los mecanismos existentes y consolide un pensamiento rector: la cultura mexiquense como proyecto identitario, no como accesorio administrativo.
El Estado de México es vasto en tradiciones, lenguas, música, gastronomía y producción literaria. Dar seguimiento a esta riqueza es complejo; hacerlo sin un andamiaje jurídico y orgánico claro, es casi imposible.
¿Qué ha hecho realmente el gobierno mexiquense en materia cultural? ¿Estamos ante continuidad sin innovación? ¿Qué acervo identitario se ha fortalecido dentro del Fondo Editorial Mexiquense? ¿Seguimos creyendo que instancias como CASART son el parangón suficiente de nuestro escaparate cultural?
Ojalá propuestas serias y técnicamente sustentadas encuentren eco. La cultura mexiquense es tan vasta que podría convertirnos en especialistas de múltiples manifestaciones que no exigen presupuestos exorbitantes, sino voluntad política y visión estratégica.
Agradezco la lectura académica de Sergio Varela y, sobre todo, deseo que nuestros actores gubernamentales comprendan que la cultura no es un trámite burocrático: es el cimiento silencioso de nuestra identidad colectiva.




