El precio de la hegemonía 

Por Julián Chávez Trueba 

A mitad de la semana

Sí, ya sabemos que MORENA tiene el carro completo: Poder Judicial, Legislativo y, por supuesto, el Ejecutivo. Pero más allá de esa concentración, han desaparecido los famosos contrapesos institucionales como el CONEVAL o el IFAI, y se han impuesto titulares en organismos que, al menos en el papel, deberían ser independientes, como la CNDH o la Fiscalía General de la República.

La dirigencia de MORENA, AMLO y unos cuantos más se vanaglorian de la hegemonía que hoy ostentan, del poder que concentran y, sobre todo, de la influencia que ese poder tiene en sus vidas políticas y económicas. Lo que no alcanzan a ver, conjuntamente con sus fanáticos, es el daño profundo que esto le ocasiona a México. Y explico por qué.

Trump despliega fuerzas del FBI y marines en territorio mexicano y, de manera evidente, el Poder Ejecutivo mexicano es incapaz de negarse. Quizá exista un acuerdo previo, quizá un pacto no público. Es justamente en escenarios así donde la autonomía institucional debería surgir como respaldo del Estado.

Un Poder Judicial independiente podría obligar al Ejecutivo a informar, o incluso a impedir la entrada de fuerzas militares extranjeras, aun cuando existiera algún acuerdo previo, pues la voluntad presidencial estaría subordinada a lo que determine la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Del mismo modo, ante cualquier acto turbio, opaco o disfrazado de cooperación internacional, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos podría convertirse en una palanca diplomática que obligara a Estados Unidos a detener cualquier incursión que vulnere la soberanía territorial. Es decir, son contrapesos para cualquier atropello.

Pero como hoy no existe una verdadera subordinación del Ejecutivo frente a otras instituciones, todos los golpes los recibe el mismo poder Estatal. Y en ese desgaste se pone en riesgo la soberanía, la patria y muchas de las cosas que desde la mañanera se insiste en que aún se conservan intactas.

Mucho se decía, en su momento, que la creación de la CNDH fue una respuesta del viejo régimen priista para que los altos mandos supieran qué estaban haciendo mal los de abajo. La afirmación puede parecer simplista y hasta cínica, pero aun si fuera cierta en su versión más reducida, la CNDH sí cumplía una función esencial: exhibir los malos manejos de los funcionarios públicos que terminaban por pudrir a la administración en turno.

Hoy, Claudia Sheinbaum no puede recurrir a la fortaleza de sus instituciones para defenderse de los embates de Trump. No puede pedirle a una fiscalía verdaderamente autónoma que investigue quién permitió aterrizajes clandestinos, operaciones ilegales de fuerzas estadounidenses o una investigación formal a gobernadores de MORENA. No puede solicitar a la Suprema Corte que imponga mejores protocolos de búsqueda, ni activar ese largo etcétera que solo existe cuando hay división de poderes real.

En tiempo de Peña Nieto, se llevaron a la cárcel a más de 10 gobernadores priisatas. Hoy, de Claudia dependen la Fiscal General, los líderes de las bancadas de MORENA en el Senado y en la Cámara de Diputados, el secretario de Seguridad, los titulares de Marina y de la Defensa Nacional, los ministros de la Suprema Corte y, probablemente, hasta buena parte de los líderes de opinión nacionales, sin que caiga uno solo de los gobernantes con evidentes nexos con el crimen organizado

Los narcotraficantes dirían que lo anterior no es cierto. Trump, en cambio, diría que puede doblar a Claudia hasta donde le plazca.