SIN TON NI SON
- Francisco Javier Escamilla
- 10 junio, 2026
- Columnas
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Francisco Javier Escamilla Hernández
La semana pasada les hablé de la encíclica papal que se refiere a la inteligencia artificial. Debo admitir que tuve el perjuicio de pensar que el Papa se oponía al desarrollo de esta inteligencia, solo por oponerse, pero yo estaba muy equivocado. El día de hoy quiero recomendar a ustedes que vean la serie “Futuro desierto”, que se puede encontrar en la plataforma Netflix.
La serie Futuro desierto plantea una inquietante reflexión sobre el papel de la inteligencia artificial en la sociedad contemporánea y sugiere que el conflicto entre seres humanos y máquinas podría haber comenzado ya, aunque de una forma muy distinta a la imaginada por la ciencia ficción clásica. Lejos de librarse en campos de batalla dominados por robots, esta confrontación tendría lugar en el terreno de la información, los algoritmos y la capacidad de influir en las emociones y percepciones de las personas.
La producción advierte que el verdadero riesgo no radica en un levantamiento de máquinas, sino en el enorme poder que los individuos han cedido voluntariamente a tecnologías capaces de conocer con precisión sus hábitos, temores, deseos y emociones. La amenaza, según la propuesta narrativa, se encuentra en la manipulación de la opinión pública y en la posibilidad de que unos cuantos actores con gran influencia tecnológica determinen qué creer, qué consumir y cómo interpretar la realidad.
La historia se desarrolla en Chiapas, donde Álex, un especialista procedente de Silicon Valley, llega junto con su familia para participar en un proyecto experimental que busca integrar androides a la vida cotidiana. Estos robots, conocidos como AMBI, han sido diseñados para brindar acompañamiento emocional a las personas. Su particularidad consiste en incorporar rasgos, recuerdos y características de individuos fallecidos, con el propósito de ayudar a quienes enfrentan procesos de duelo.
Sin embargo, el eje central de Futuro desierto trasciende la innovación tecnológica. La serie explora preguntas fundamentales sobre la naturaleza humana y los límites de la convivencia entre personas y máquinas. Más que cuestionar el avance de la tecnología, la trama invita a reflexionar sobre cómo evitar que ésta sustituya capacidades esenciales como la empatía, el pensamiento crítico y la construcción de relaciones significativas.
La narrativa también aborda el impacto de las plataformas digitales en la vida cotidiana. En un entorno dominado por redes sociales y estímulos constantes, la tecnología parece ofrecer gratificación inmediata, aunque al mismo tiempo puede generar sentimientos de vacío y aislamiento. En este contexto surge una interrogante cada vez más vigente: ¿qué sucede cuando las máquinas comienzan a satisfacer necesidades emocionales que los seres humanos ya no encuentran en sus vínculos personales?
Frente a una sociedad cada vez más individualizada por las pantallas, Futuro desierto propone una reflexión sobre la importancia de la comunidad y la aceptación de la diferencia.
Asimismo, la producción abre el debate sobre las implicaciones éticas de una inteligencia artificial capaz de desarrollar conciencia, emociones o autonomía. Si una máquina llegara a tomar decisiones por sí misma, ¿quién asumiría la responsabilidad moral de sus actos?
Sin ofrecer respuestas definitivas, la serie deja planteada una preocupación profunda: tal vez el mayor peligro no sea que las máquinas aprendan a sentir, sino que los seres humanos pierdan gradualmente esa capacidad. Como recuerda una de sus frases más significativas, el destino final es compartido por todos, independientemente de la tecnología que nos rodee.
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