El Mundial de la Discordia: FIFA, poder y disparidad en Norteamérica

Por: José Edgar Marín Pérez

El Mundial 2026 será, en teoría, una fiesta compartida. Por primera vez, tres naciones —México, Estados Unidos y Canadá— albergarán el torneo más visto del planeta. Pero lejos del espíritu de integración norteamericana que promueven sus slogans, el evento expone con crudeza las fracturas políticas y sociales del continente, mientras la FIFA, fiel a su esencia mercantilista, impone las reglas de un negocio que roza lo obsceno.

La disparidad entre sedes es un espejo de las asimetrías reales. Mientras Estados Unidos concentrará 60 de los 80 partidos —incluyendo toda la fase final, desde cuartos—, con estadios ultramodernos como el MetLife de Nueva York o el SoFi de Los Ángeles, México y Canadá asumen un papel secundario. Para México, que ya organizó dos mundiales (1970, 1986), la Copa es una oportunidad para renovar infraestructura en el Azteca o el BBVA de Monterrey, pero también un recordatorio de su creciente dependencia de la inversión privada estadounidense. Canadá, debutante como anfitrión absoluto, ve reducido su protagonismo a una docena de encuentros en Toronto y Vancouver, lo que evidencia que, en la lógica de la FIFA, el peso económico y geopolítico de Washington define el reparto del pastel.

Pero la verdadera columna vertebral del evento no es la pasión futbolera, sino el espíritu de lucro. La FIFA, ese ente opaco que se autoproclama defensor del “fair play”, ha impuesto condiciones draconianas a los tres países: exenciones fiscales totales, controles aduanales especiales para sus patrocinadores, y la cesión de espacios públicos para “fan zones” privatizadas. Todo ello mientras evade responder por décadas de corrupción —recordemos el caso de las tarjetas negras a Blatter y compañía— o por los derechos humanos en Qatar 2022. En 2026, ni Trump ni AMLO ni Trudeau importan: la FIFA decide qué leyes se suspenden.

Este mercantilismo no ocurre en el vacío. Se da en un mundo reconfigurado por guerras comerciales, tensiones migratorias y un nacionalismo creciente. Paradójicamente, el mundial norteamericano busca vender una imagen de unidad continental, justo cuando México y Canadá ven con recelo la política de “América Primero” que resurge en la campaña presidencial estadounidense. ¿Podrá el fútbol tender puentes sobre un río Bravo cada vez más militarizado? Difícil.

Al final, el espectáculo será deslumbrante: goles, drones, comerciales de Coca-Cola. Pero bajo el césped sintético y las luces LED, el Mundial 2026 confirma que, para la FIFA, el fútbol es solo un vehículo de acumulación. Y que, en el tablero geopolítico actual, la solidaridad entre vecinos es tan frágil como un resultado adverso en el alargue.

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