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SIN TON NI SON

Francisco Javier Escamilla Hernández

Esta vez voy a referirme a dos términos ajenos, pero ¿por qué los trato juntos? Pues me vinieron a la cabeza y por eso.

Hombre. Al referirse a nosotros mismos, el vocablo hombre posee diversas tonalidades semánticas y es origen de una numerosa familia de palabras. La Real Academia Española de la Lengua define hombre como «Ser animado racional, varón o mujer», definición que, dicho sea de paso, debería aliviar el encono de algunas feministas contra el predominio masculino en nuestra lengua. Así, cuando se dice el hombre medieval, debe entenderse que se está haciendo referencia a los hombres y mujeres de la Edad Media. La palabra proviene del latín homo, hominis, que también significaba «individuo de la especie humana, hombre o mujer», pero podía denotar soldado o esclavo; así, homo Salusti era «esclavo de Salustio». Aparece en español por primera vez hacia el año 960, en las Glosas Emilianenses (anotaciones hechas por monjes medievales en las márgenes de textos en latín), pero bajo las formas uemne y uamne. En los poemas de Berceo, en el siglo XIII, el autor oscila entre omne, ombre y ome.

Hombre, tal como la usamos hoy, solo aparece en nuestra lengua en 1535, con Juan de Valdés. Homenaje es un derivado del francés hommage, que proviene del provenzal omenatge, formado a partir de ome en el sentido de «soldado», «vasallo». En el siglo XV, aparece homicidio, formada con la terminación latina caedere ‘matar’, y en 1527, se registra superhombre, palabra tomada del alemán übermensch, que permanecería olvidada hasta que Nietzsche la recuperó tres siglos y medio más tarde. En los últimos años, surgió homofobia, palabra proveniente del inglés homophobia, registrada en el Diccionario de la Real Academia Española como «aversión obsesiva a las personas homosexuales». No está demás puntualizar que este término no está vinculado al latín homo ‘hombre’, sino al prefijo griego homós- ‘igual’, y entendemos que está mal formado, puesto que, en rigor, debería significar ‘aversión a lo igual’.

El otro término al que me referiré es hincha. La leyenda urbana nos muestra que el primer hincha de fútbol de la historia vivió en Montevideo a comienzos del siglo XX; trabajaba en el Club Nacional de Fútbol, que es el segundo club de futbol más antiguo en Uruguay. Este hombre era de profesión talabartero y estaba encargado de inflar (hinchar) los balones del Parque Central, la sede del club de futbol Nacional, su nombre fue Prudencio Miguel Reyes, pero era más conocido como el gordo Reyes o, de plano, el hincha. Por supuesto, este personaje era fanático del club montevideano, y sus gritos estentóreos: “¡arriba Nacional!” eran famosos en las primeras décadas del siglo veinte, en las canchas donde jugaba su club. Y no resulta dificil imaginar cómo resonarían los gritos del talabartero si se tiene en cuenta que inflaba las pelotas solo con la fuerza de sus pulmones. Durante los partidos, otros aficionados solían comentar ante las ruidosas demostraciones de Reyes: «Mirá cómo grita el hincha». Y poco a poco la palabra hincha se fue aplicando a los partidarios del Nacional que más gritaban en los partidos; más tarde se extendió a los demás y, finalmente, a los partidarios de todos los clubes.

Comentarios: fjescamilla53@gmail.com                      Twitter: @_copitoo

 

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