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SIN TON NI SON

Francisco Javier Escamilla Hernández

Es por todos nosotros conocida, y por algunos sufrida, la colonización española de América, la cual dio principio con la llegada de Cristóbal Colón en 1492 a las isla caribeñas que forman parte de este continente. Después de veinticinco años apareció en tierras mexicanas el no muy querido Hernán Cortés y sus capitanes, quienes se enfrentaron a un ejército indígena que los superaban numéricamente. Hubo dos factores que ayudaron a consumar lo que, con el tiempo, sería una historia de horror y exterminio para los aborígenes de esta y otras regiones de América: las diferencias en cuanto al empleo del hierro y el caballo, y su aplicación en movimientos tácticos militares que usaron los españoles, producto de su experiencia en la guerra contra los árabes y en las cruzadas. Esto por un lado y, por otro, un elemento decisivo lo constituyó la aparición de nuevas enfermedades en América.
Los españoles trajeron la viruela, enfermedad totalmente desconocida en estas tierras.
La enfermedad se extendió muy rápidamente al resto de Mesoamérica: se sabe que llegó a Guatemala, pasó a otros países de Centroamérica, y hasta el sur del continente americano. Las cifras en cuanto a número de habitantes en América siguen siendo un campo de polémica, recientes ponderaciones hacen suponer que en América existían unos 80 millones de habitantes hacia 1492. De esta cantidad, las tres cuartas partes (unos 65 millones), corresponderían al territorio que luego fue Hispanoamérica. Sus grandes centros poblacionales eran el imperio inca, con cerca de 30 millones, y el mexica con unos 20. Pues bien, hacia 1700, siglo y medio después, este total se había reducido de manera dramática a cinco millones; lo que representa la desaparición de 60 millones de indígenas. Después de analizar estas cifras es sumamente triste recordar que la colonización europea no terminó en el siglo XVII y tampoco se limitó a América. Los comerciantes y colonizadores británicos viajaron por todo el planeta, fundando asentamientos nuevos en China, India y las islas del Pacífico. Todavía a finales del siglo XIX, las principales potencias europeas (Francia, Reino Unido y Alemania) se dieron cuenta del potencial que representaba África. En el transcurso de unas cuantas décadas estas naciones se repartieron el continente africano y sometieron a su población a un control establecido por los colonizadores. Francia se apropió de grandes extensiones en la parte occidental, Reino Unido se quedó con el sur y la zona oriente del continente y les dejaron pequeñas porciones a Alemania, Portugal y Bélgica. La avaricia sin límites y el supuesto de introducir la civilización encendieron la chispa que puso en marcha la imaginación de los poderes coloniales europeos, los cuales utilizaron su tecnología desarrollada durante siglos para arrasar los enormes territorios africanos: caso concreto del ferrocarril. De esta manera Europa se hizo a la tarea de apoderarse de los recursos del continente. Para los pobladores nativos la incursión de los colonizadores significó un verdadero desastre. Eran muchos los europeos que consideraban que los africanos negros prácticamente no eran seres humanos y exterminaron a gran parte de la población. Los europeos supuestamente civilizados se convirtieron en monstruos que explotaban y masacraban a los aborígenes africanos. En algunas regiones murieron millones de nativos. En el Congo Belga se estima que diez millones de indígenas fueron explotados hasta la muerte. Los europeos no acabaron con su dominio de África sino hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, habiendo dejado un continente destrozado y empobrecido. ¡La historia, el hombre la repite!

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