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El Valle Deportivo

Pedro Eric Fuentes López

“Hay quienes no heredan otra cosa que el adorado nombre de un equipo.”  Juan Villoro, Balón dividido

No puedo dejar pasar la oportunidad de esbozar un anecdotario personal, que tiene que ver con la celebración del Club Deportivo Toluca por su centenario y de lo cual, al menos unos 40 años he sido testigo de muchas, pero en verdad muchas cosas; cambios: unos drásticos, otros mejores; técnicos, jugadores, directivos, jardineros, personal administrativo, trabajadores manuales, lavanderas, cocineros, seguridad, prensa, y el inmueble que se ha transformado hasta nuestros días…

…corrían finales de los 70´s, cuando siendo estudiante de primaria, acompañé a mi señor padre a un juego de los diablos rojos del Toluca a la otrora la Bombonera; el sitio elegido fue en “sombra”, atrás de la portería, y era muy emotivo sentir la cercana presencia de mi entonces ídolo Walter Gassire; los gritos, los pases, los silbatazos, la gritería, las mentadas de madre, los reclamos, las chelas, la sirena que “rugía” a todo pulmón anunciando una llegada de peligro, el aroma del pasto que aún pulula en mis entrañas, los balonazos a la orden del día en las tribunas de cemento, la caseta en la última fila de esa localidad, los vestidores a ras de césped del equipo visitante, justo debajo de la localidad de palcos, ahí en la esquinita, las porras de los fieles seguidores, como aquella de: “…vamos ayyyy Toluca!!!..., las hendiduras en las paredes por las cuales metía mi cabeza para observar la calistenia de los jugadores rojos, los baloncitos de chocolate, las tarjetitas de algo parecido a los pronósticos por atinar quien metía el primer gol del partido, las incansables corretizas que le daba a las localidades de sombra, que entonces no estaba dividida, pero jugarme, literal, la vida por no tropezar entre escalones, porque si no, segurito te llevaba la…

Uffff, evoco todo esto y más como si fuera ayer, por ejemplo, pensar en estar en la localidad de “sol” era osado, era temerario y más en esas edades y por lo que la gente solía decir, que se movía mucho y se sentía “refeo”, o seaaaaa, nada más falso que el conejo de la Luna, era sentir esa adrenalina al máximo porque era la casa del futbol en Toluca. Recuerdo como en compañía de mis hermanos Orlando y Omar y de mi superbro, Poncho Zerón, con pelotas de esas rojas, del número 5, ya ponchadas, o en el mejor de los casos, desinfladas, burlábamos a los jardineros para pisar el césped sagrado del inmueble y lo conseguíamos; a veces lo único que hacíamos era entrar levantando los brazos en señal de recibir una ovación y patear el intento de balón directo a la portería que por las tardes-noches y entre semana no tenía la malla colocada, entonces, el sentir cómo o hacíamos un gol o tapaba el disparo, era sinónimo de una inmensa y total y absoluta alegría, y al mismo tiempo, el orgullo y satisfacción de que alguna vez estuve en la Bombonera…

Lo peor, que a la postre era el cerrojazo final de la osadía, era ver como entraban a la cancha los trabajadores con cara de pocos amigos, por nosotros tres con la clara consigna, claro, de botarnos de ahí, pero oh sorpresa, no contaban con nuestra astucia, para esos años, ya conocía cada rincón del estadio y sabía por dónde meternos, escondernos y escabullirnos, lo más común es que esperábamos unos minutos escondidos en las butacas de metal de palcos y después que se iban los jardineros, patitas paque las queremos, a correr a la salida por Aurelio Venegas o por Instituto Literario…así entonces, el Zerón, el Gigio, el Bola y su servidor, fuimos presas de un sentimiento inigualable al balompié, al Toluca (aunque ellos 3 después definieron su preferencia), a sus colores y jamás pasó, al menos por mi mente, que el conjunto de mi ciudad, algún día llegara a celebrar un siglo de existencia.

Por eso, este recuerdo me mueve las fibras más sensibles que te puedas imaginar, tienen un tinte archi especial por lo que fue mi pasión y por lo que hoy al cabo del paso del tiempo, guardo celosamente en un lugar de mi ser. Y podrás decirme (y te lo acepto) y ¿eso a mí qué?

Ah pues simple, el sábado seguramente te enteraste por la algarabía, la iluminación, el sonido, el color y porque en las inmediaciones al Estadio Nemesio Diez, así como en su interior se llevó a cabo una auténtica fiesta que jamás olvidaremos. Obvio, los seguidores rojos tendrán la mágica oportunidad de transmitir esta vivencia a sus hijos y nietos, y dar rienda suelta a ese amor que no fenece, a ese que conforme avanza el segundero se incrementa con cada tic tac, a ese fulgurante color rojo escarlata que inunda nuestro sistema circulatorio y que se enciende cada vez que hay juego, fieles a ese escudo que como en mi caso, cada trazo me lo sabía de memoria y eran sólo tres letras.

La vida, el destino, la pequeña porción de estar en el momento correcto, justo en el ahí y ahora, hicieron que con los años siga, de alguna manera al pendiente de la institución choricera. Años han pasado, años vendrán y como en 1991, después de muchos otros en que no había dado entrevista alguna a nadie, en el estacionamiento del estadio, descendiendo de su lujoso automóvil conocí a Don Nemesio Diez y sin reparar en un no!, le planteé una pregunta con micrófono en mano y cámara de frente, y antes de dudarlo, me saludó y me dijo: “…muchachito, sabes quién soy?...yo no doy entrevistas…hace mucho que no lo hago…pero…vamos, qué quieres que te diga, sentenció.

Entonces le pregunté: ¿qué es el Club Deportivo Toluca para usted? Antes de responder, me miró como si quisiera devorarme y colocó su mano en mi hombro y me dijo: “Mi familia y el Toluca son mi vida…este es un equipo grande y siempre vivirá, siempre grande, y no moriré sin verlo campeón…nadie por encima de la institución…y…que el balón ruede a nuestro favor…

Servido muchachito, ¿dónde trabajas? ¿Cómo te llamas? Y antes de contestarle se despidió de mí con un fuerte apretón de manos y esbozando una sonrisa…que no olvido, ni olvidaré…o tal vez… ¡En otro CENTENARIO!

¡¡¡Pásenla bien!!!

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