EL VALLE DEPORTIVO

Pedro Eric Fuentes López

Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción-reflexión. Paulo Freire.

La premisa del deporte de alta competencia posee -en todo momento- una virtud democrática e implacable: no sabe mentir, no atiende a discursos políticos y carece de piedad ante la improvisación, en la pista, en la alberca, en la fosa de clavados o en la cancha de juego, las ilusiones individuales y colectivas se topan de frente con la fría tiranía del cronómetro, la distancia y la realidad. Con el encendido del pebetero en los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, México abre las puertas a un nuevo ciclo internacional, no lo hace cobijado por los nombres de siempre, ni arrastrando las glorias desgastadas del pasado reciente, esta vez, el país acude a la cita con una nueva generación de deportistas que lleva sobre sus hombros una doble y enorme responsabilidad, es decir, defender el histórico liderato regional de nuestra delegación y, al mismo tiempo, demostrar que el sistema formativo nacional aún es capaz de parir talento de época. Pero mirar el medallero desde la comodidad de la tribuna o a través de una pantalla suele distorsionar las cosa, porque casi siempre la expectativa colectiva de nuestra sociedad suele ser tan cómoda como exigente; nos hemos malacostumbrado a demandar metales dorados desde la primera jornada, a exigir himnos nacionales en fila y en cierto modo hasta a crucificar al atleta que se queda a centésimas del podio, sin embargo, el sentido común nos obliga a dar un paso atrás y analizar la realidad con la cabeza fría. Gran parte de la delegación mexicana que compite en territorio dominicano está viviendo su bautizo de fuego internacional. Son jóvenes que, en muchos casos, apenas asimilan lo que significa el peso de la representación nacional, la presión de la prensa, el rigor de la Villa Olímpica y el roce con competidores caribeños y sudamericanos que no regalan un solo centímetro.

Su verdadera victoria en este torneo no se medirá únicamente por el metal que traigan colgado al cuello en el vuelo de regreso; su triunfo radica en la experiencia acumulada, en la capacidad de corregir la técnica bajo fuego real y en la madurez psicológica que sólo se adquiere cuando el entorno quema y pocos -muy pocos- alcanzan a comprender, diferenciar y avanzar. Es aquí entonces donde debemos trazar la línea divisoria entre la ilusión infundada y el diagnóstico certero. La realidad del entorno deportivo en México nos ha enseñado, históricamente, que la materia prima nunca falta, porque el talento natural camina por las calles, se asoma en las escuelas públicas y se forja con base en puros pulmones y otro término que no quiero escribir, pero bien saben a qué me refiero y, desde luego está la terquedad familiar en los deportivos locales, municipales, estatales y nacionales, incluso aún contra corriente y pseudo autoridades de ocasión. El problema crónico de nuestro país jamás ha sido la ausencia de talento, sino la alarmante escasez de procesos de desarrollo sostenido, por ejemplo, saber y ver a un clavadista adolescente ejecutar un grado de dificultad de élite, o presenciar el temple de una arquera debutante que mete la flecha en la x amarilla, nos genera una tremenda dosis de esperanza. Nos confirma que la semilla está viva, que las ganas de comerse al mundo siguen intactas en la juventud mexicana y que los vicios del pasado no han logrado extinguir el fuego competitivo. Pero la esperanza -infortunadamente- por sí sola no gana medallas mundiales ni construye carreras de una década. Para que esta bocanada de aire fresco no se convierta en una simple u otra anécdota más de verano, el concepto clave que debe adoptar el periodismo, las instituciones y la afición es el seguimiento continuo. Es una verdad de sentido común que un atleta de élite no es un milagro que brota de la nada cada cuatro años para salvarnos el orgullo. No! Un deportista se construye en la oscuridad de los entrenamientos cotidianos, en las jornadas triples donde no hay cámaras fotográficas, ni aplausos, ni becas de 2 ni mucho menos de cinco dígitos. Si la estructura deportiva del país se limita a festejar las medallas de Santo Domingo 2026 para colgarse metales burocráticos -¡como suelen hacerlo!-, estaremos cometiendo el mismo error de siempre. Desde que estoy en ésta profesión, siempre he creído en que el verdadero trabajo institucional comienza el día después de la ceremonia de clausura. Esos jóvenes que hoy se pueden consolidar o que se quedarán a las puertas del podio necesitan la certeza de que el camino hacia los escenarios mundiales del futuro estará pavimentado con presupuestos claros -ojalá-, infraestructura de vanguardia, fogueo internacional constante y un cuerpo técnico de primer nivel que no dependa de los vaivenes políticos en turno. El crecimiento de un deportista no es una línea recta; está lleno de baches y caídas necesarias. Dejemos que estos JJCC sean el laboratorio perfecto para evaluar en qué disciplinas estamos avanzando y en cuáles nos estamos quedando rezagados. Al final del día, el éxito de esta nueva ola deportiva no dependerá de cuántas veces suban al podio este mes, sino de cuántos de ellos lleguen en plenitud de facultades a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028. El futuro está en sus manos; la obligación de cuidarlo y potenciarlo es de todos…

Pásenla bien!!!