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SIN TON NI SON

Francisco Javier Escamilla Hernández

 

CATEDRALES GÓTICAS.

La semana pasada me referí a la Inquisición, práctica humana para mantener la religión como fundamento de gobierno y de poder sobre la ciudadanía; práctica asociada con la edad media, sin embargo empieza esta práctica justamente cuando oficialmente se considera que termina la Edad Media. Al pensar en la Edad Media se me viene a la mente la construcción de las grandes catedrales góticas y la reflexión de que cómo en esa edad que se conoce también como oscurantismo fue posible la realización de semejantes obras de arte y arquitectura. El hombre no sólo vive, día con día, para sobrevivir y perpetuar la especie, el hombre crea música, pintura, escultura, poesía, arquitectura. El hombre es más capaz de realizar buenas obras, que obras malvadas, como las prácticas llevadas a cabo durante la Inquisición.

En los siglos XII y XIII, desde el norte de Francia se empezó a difundir otro tipo de arquitectura en la construcción de los edificios sagrados, diferente al estilo románico impuesto por el imperio del mismo nombre: la arquitectura gótica, con dos características nuevas respecto al anterior, que eran el impulso vertical y la luminosidad.

Sigue imperando el dominio de la Iglesia, por lo que las catedrales góticas mostraban una síntesis de fe y de arte expresada con armonía mediante el lenguaje universal y fascinante de la belleza, que todavía hoy suscita asombro. Gracias a la introducción de las bóvedas de arco ojival, que se apoyaban en robustos pilares, fue posible aumentar considerablemente la altura de los edificios. El impulso hacia lo alto parece invitar a la adoración y en sí mismo esos enormes y bellos templos son una oración.

De este modo, la catedral gótica pretende transcribir en sus líneas arquitectónicas el anhelo de las almas hacia Dios. Además, con las nuevas soluciones técnicas adoptadas, los muros perimétricos podían no ser sólidos y, entonces abrir ventanas y embellecerlos con vidrieras de muchos colores. En otras palabras, las ventanas se convertían en grandes imágenes luminosas (los vitrales), muy adecuadas para instruir al pueblo en la fe.

En ellas —escena tras escena y desde la fe cristiana— se narraba la vida de un santo, una parábola u otros acontecimientos bíblicos. Desde las vidrieras coloreadas se derramaba una cascada de luz sobre los fieles para narrarles la historia de la salvación e implicarlos en esa historia.

Otra cualidad de las catedrales góticas es que, en su construcción y su decoración, de modo diferente pero coral, participaba toda la comunidad cristiana y civil; participaban los humildes y los poderosos, los analfabetos y los doctos, porque en esa casa común se instruía en la fe a todos los creyentes.

 

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