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SIN TON NI SON

Derivado de los recientes acontecimientos en nuestro país, así como en el extranjero, he reflexionado sobre cómo se comporta la sociedad ante un acontecimiento que tiene que ver con la manera de pensar, o de comportarse, de las otras personas. Otras personas que son, o piensan, o se comportan de una manera diferente a nosotros. Esto me lleva a escribir algunas líneas relacionadas con el nivel de conciencia: aumentar el nivel de conciencia nos lleva irremediablemente al despertar. En torno a este despertar, por decirlo en pocas palabras, ha girado, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la realización del Espíritu en la vida cotidiana. ¿Pero qué es lo que se entiende por espíritu? ¿Qué es la “espiritualidad”? y qué es la “práctica espiritual”? Todas estas expresiones se refieren a “cuestiones relacionadas con las preocupaciones últimas”, el resumen de todo lo que es importante, la esencia de la bondad, de la verdad y de la belleza. Según se dice, el Espíritu es el amor sin límites que se encuentra más allá de toda descripción. En nuestra relación con lo esencial se asientan algunas de las cuestiones más complejas y que más han separado a los seres humanos. Aunque baste con echar un vistazo a las grandes religiones del mundo para descubrir en ellas un auténtico tesoro de ejemplos y enseñanzas espirituales, también nos brindan el catálogo más espantoso de guerras, crueldades y cuestiones que aparentemente no tienen nada de espirituales. Es por esto por lo que hay quienes, en un intento legítimo de desmarcarse de las formas de práctica y adoración legadas por las diferentes tradiciones, se empeñan en afirmar que son espirituales, pero no religiosos. Son personas que, pese a estar interesadas en recatar el bebé del Espíritu, quieren dejar bien claro que no tienen absolutamente nada que ver con el agua de la bañera de las religiones organizadas. Todavía ignoramos el aspecto que, en el siglo XXI, debería asumir la práctica espiritual. Y es que, aunque constituya el núcleo esencial de las grandes religiones, no puede limitarse a los dogmas concretos de ninguna de ellas. Y, del mismo modo, sin poder alejarse de la razón y de la ciencia, tampoco puede reducirse a ellas. No niega el cuerpo ni el entorno cultural, pero los trasciende (al tiempo que los incluye) a ambos y, sin ignorar el poder del inconsciente, aspira a ubicarlos en un contexto mucho más amplio. Pero la práctica espiritual tampoco debería despreciar las profundas contribuciones realizadas por las tradiciones religiosas. De hecho, la práctica espiritual puede coexistir perfectamente con cualquier tradición religiosa, como el cristianismo, el judaísmo, el islam, el budismo, las múltiples ramas del hinduismo y del chamanismo y cualquiera de las llamadas nuevas religiones. La práctica espiritual ilumina la profundidad y la riqueza de cualquier camino y de cualquier práctica –llegando incluso a revitalizar y renovar el interés por las antiguas tradiciones- tanto de quienes se consideran espirituales, pero no religiosos, como de quienes, por el contrario, se consideran muy religiosos. La conciencia presenta distintas y variadas facetas, así como distintos niveles. Tal vez si intentamos ascender, con conocimiento de causa y esforzándonos en un trabajo de desarrollo mental, en la escala de la conciencia podremos convivir con nuestros semejantes y el medio que nos rodea de una manera menos primitiva.

Comentarios:    fjescamilla53@gmail.com                                    Twitter: @_copitoo

 

 

 

 

 

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