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Murió por ser Periodista

Jimena Bañuelos/ España

Las miradas hablan por sí solas. Y la de Griselda Triana está cargada de emociones. Por un lado, ves su fortaleza y por el otro, el dolor de perder a un ser querido. Los sentimientos encontrados no son fáciles de manejar, pero esta gran madre sabe que solo hablando claro y luchando conseguirá saber la verdad.

 “El 15 de mayo el tiempo se detuvo”. Tras recibir una llamada telefónica de Ismael Bojórquez, director del semanario Ríodoce, todo se tiñó de negro. Del negro propio del luto cuando se enteró de que Javier Valdez, su marido, había sido asesinado a tiros en Sinaloa. Lo vio tendido boca abajo, una imagen que sin duda te parte el corazón. Asumió que no volvería a escribir, no volvería a luchar por contar la verdad y sobre todo, no volvería a recibir sus abrazos, a hablar con sus hijos… Y tantas cosas más…

Tras escuchar los suspiros de Griselda y los míos; y ver sus ojos cristalizados y mi carne de gallina, hablamos de Javier. Un periodista de raza que nunca renunció a sus principios. Estaba comprometido con su oficio. Ese oficio del que Gabriel García Márquez decía que era el mejor del mundo. El periodismo para Valdez era dar nombres y apellidos a cada una de las víctimas, decir la verdad aunque doliera, y combatir a base de tinta al narcotráfico que tantas veces denunció. Él mismo dijo: “Siento que el narco sometió al Gobierno, sometió a los empresarios y está sometiendo a los periodistas. Quiere ese silencio cómplice, no quiere que se le mencione”. Esto es periodismo puro en un país en el que en 17 años han matado a 126 periodistas, de los cuales, 36 han sido asesinados durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.  Datos que sitúan a México como el tercer país más peligroso del mundo para ejercer esta profesión. Solamente lo superan Siria y Afganistán, y están en conflicto bélico.

Ese es el panorama actual, es una realidad y por ello, Griselda tiene claro que “el miedo no puede naturalizarse. El miedo no puede ser normal”. Obviamente, me confiesa que Javier tuvo miedo pero era tal la vocación que sentía en su interior que siempre encontraba una “justificación”, por llamarlo de alguna manera, para tirar para adelante y seguir siendo el que era. No duda, ni la tiembla la voz cuando asegura que México necesita a este tipo de periodistas: “Personas que no se van a callar; que no sean periodistas de oficina, sino que sean periodistas de calle”. Porque es ahí donde está la realidad, donde se combate, donde hay que vencer a ese miedo del que tanto se sigue hablando.

Con su voz, Griselda busca respuestas y apoyos. Esa voz que se quebranta cuando nombra a Javier y que se vuelve tierna cuando habla de sus hijos. Tania, tiene 23 años y es bióloga. Francisco, de 18, está a punto de entrar en la universidad para estudiar la misma pasión de su padre. Sin duda, el periodismo es vocacional y eso es lo que preocupa a esta madre que ya perdió a su marido y no quiere que la vida de su hijo se la puedan arrebatar. Pero la valentía de Javier está en el ADN de Francisco, gran escritor y lector desde niño.

Tras una intensa conversación de las que dejan huella, Griselda y yo nos fundimos en un fuerte abrazo porque las dos amamos a México. Allí pude ejercer la que también es mi vocación. Griselda no está sola en esta búsqueda de la verdad, ya que las investigaciones no avanzan, y eso dice mucho. A veces, reconoce que se siente sola cuando la gente se burla o justifica lo que ha sucedido. Pues bien, desde España y arropada en la Asociación de la Prensa por muchos compañeros sabes, Griselda, que no lo estás. Y como bien decía Javier, y me recuerdas segundos antes de despedirnos: “Al periodismo le hace falta ciudadanía”. A lo que añado, al Periodismo le hacen falta más Javier Valdez, en México y en España.

Jime

 

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