molcajete

Mocajete

 “Érase una vez…”

Om Christian A. Pechir

En una tierra muy lejana, mágica y maravillosa llamada Peñalandia, había un rey muy avaro, corrupto e inepto. Nadie en el reino lo quería y sus siervos y ministros se la pasaban robando, matando y abusando de la gente.

Un día, estaba tan harto de que todos los que habitaban su reino lo odiaran, que se le ocurrió la flamante idea de darle atole con el dedo a los pobres peñalandineses, para desmentir todo lo que se hablaba de él y que era tan bueno que, todo lo que ocurría en sus tierras no se contaba, pero que contaba mucho y quería que siguiera contando.

Mientras concretaba su maquiavélica idea, citó a todos sus cortesanos y caballeros leales, y empezó a preguntarles qué podía hacer para que sus gobernados lo quisieran. Mandó llamar a su recaudador real para preguntarle cuántas monedas de oro había en las arcas, porque él deseaba hacer todo lo que se necesitara y echar el castillo por la ventana, pero el recaudador contestó:

Pero Su Majestad, las monedas de oro robadas que hay en las arcas son para darle de comer y curar a los peñalandineses de la peste.

No me interesa esa prole –replicó el tirano –destine todas las monedas de oro que haya para lo que se tenga qué hacer, y que esos tontos crean que soy el mejor –remató el déspota haciéndole la seña al siervo de que se retirara.

Sus deseos son órdenes Su Majestad –se alejaba caminado hacia atrás para no darle la espalda al rey.

Pasaron cinco días de abundantes comidas, bailes y ceremonias con la finalidad de aterrizar la idea que les había pedido el rey. Agotados y cansados, habían tomado una decisión unánime: presumir y hacer una fiesta con bombo y platillo en el marco de un Quinto Informe de Gobierno.

Después de una gran movilización, empezaron los preparativos. Grabaciones en óleo de spots donde las gaviotas hacen verano y el rey puede interactuar de una manera cordial con los peñalandineses sin ser repudiado.

Era esos spots donde se podía percatar que todos vivían un clima de paz y prosperidad; que el rey gozaba de respeto. Se presumía que no había corrupción, ni desaparecidos, ni violencia; no hay narco gobierno, y los derechos humanos y las elecciones eran respetadas. Indicaban de igual manera a los peñalandineses que en ese mundo mágico no había feminicidios y que los periodistas no eran censurados o asesinados; simplemente era un mundo alegre donde siempre sale el sol y el rey y sus cortesanos se daban espaldarazos y se mandaban hacer auto retratos.

Según también las grabaciones, en Peñalandia, el índice de aprobación del rey es enorme y los opositores sólo perciben la crisis como un producto de sus mentes cochambrosas. En fin, era un reino dichoso donde no había impunidad ni simulación; un lugar donde el chile sí les embonaba y donde lo bueno cuenta y se quiere que se siga contando.

Pero con lo que no “contó” el rey, es que lo único que la gente estaba “contando” eran los días para que, por designio de Dios, dejara el trono y pasara a la historia como el más macabro de todos.

Tampoco tomó en “cuenta” que los peñalandineses, lejos de considerar el informe de su gobierno como un ejercicio democrático de rendición de cuentas, lo tomaron como una ocasión escandalosa y descarada para la promoción de su imagen personal con cargo a las monedas de oro robadas. Pero días después de esta gran fiesta, el rey festejaba y festejaba sin percatarse que, en lugar de asumir con responsabilidad el ejercicio de su corona, no paraba de auto complacerse y despilfarrar el erario, en lugar de destinarlo a curar las epidemias que estaban matando a la gente.

¡Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado!

Feliz semana.

 

Leave a reply