GRA078. ALCALÁ DE HENARES (C.A. DE MADRID), 20/04/2017.- El escritor catalán Eduardo Mendoza (d), recibe el Premio Cervantes de manos de Felipe VI, en presencia de Doña Letizia; (de izda a dcha) la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes; el rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Fernando Galván, y el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, durante la solemne ceremonia que tiene lugar en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. EFE/Juan Carlos Hidalgo ***POOL***

“La Lectura del Quijote fue un Bálsamo y una Revelación”: Mendoza

Por: Jimena Bañuelos

 “Es un artesano relojero de las palabras, cuya maestría contribuye a aumentar ese tesoro intangible, vivo, en constante evolución que es la lengua castellana, compartida por más de 500 millones de hablantes”. Así definió el rey Felipe VI al galardonado con el Premio Cervantes 2016, Eduardo Mendoza.

El escritor barcelonés, autor entre otras obras de La ciudad de los prodigios, empezó su discurso en el paraninfo de la Universidad de Alcalá diciendo que se encontraba en una “posición envidiable para todo el mundo” menos para él. Continuó hablando de las veces que ha leído el Quijote.

La primera vez que la obra de Cervantes pasó por sus manos fue por obligación. Una obligación del Hermano Anselmo ya que Mendoza en 1960 estaba en el curso preuniversitario (PREU). Ha reconocido que la predisposición para leer el Quijote no era buena. En aquella época su interés se centraba en los cómics del Coyote. No obstante, algo cambió cuando se adentró en las batallas del hidalgo. Su lenguaje le cautivó. “Aprendí que se podía cualquier cosa. Relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, musicalidad y elegancia”  aseguró.

Diez años más tarde, Mendoza volvió a acercarse al Quijote. En esta época, el escritor era, señaló,  “lo que en tiempos de Cervantes se llamaba bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas épocas se ha llamado un tonto”. En esta ocasión, Eduardo Mendoza se vio reflejado en el personaje, ya que “aspiraba a lo mismo: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos.” Reconoció que “algo conseguí de lo primero, en lo segundo me llevé bastantes chascos y, en lugar de deshacer entuertos, causé algunos más por irreflexión que por mala voluntad”.

Cuando don Quijote llegó a Eduardo Mendoza por tercera vez, éste ya era un escritor de éxito gracias a Pere Gimferrer y Carmen Balcells, su agente, cuya “ausencia empaña la alegría de este acto” declaró. Tras esta lectura descubrió el humor. Un humor que, según el autor de Sin noticias de Gurb, “no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo”.

Y la última vez fue motivada por este premio. En esta ocasión solo surgieron cuestiones: “Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Mi conclusión es que don Quijote estaba realmente loco pero que sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me pasa a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera y, por este motivo, vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo” concluyó Eduardo Mendoza.

La de Mendoza fue, como él ha definido, una vocación temprana. Éstas “son árboles con muchas hojas, poco tronco y menos raíz”. Desde ayer, el “fiel lector de Cervantes” pasa a formar parte de la lista de los galardonados con el premio más prestigioso de las letras en español. Eso sí, seguirá siendo el mismo de siempre: “Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores”.

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