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EL VALLE DEPORTIVO

 

Corría noviembre de 1988; la intención era poderosamente absoluta y decidida: trabajar en los medios de comunicación deportiva, y la visión era bastante clara: si tenía que comenzar a jalar cables, eso haría y no importaba dónde, cuándo, qué día y más bemoles que surgían en mi mente y en mi ser.

La claridad de mi misión me llevó a no claudicar, a no ceder, a seguir apostando por algo que se convertiría en mi estilo de vida y que seguro estaba, a pesar de que a muchos no podría y podrá gustar, tal vez habría y hay otros tantos que al menos congenian en algo…

La cita fue entonces en Canal 10 Televisión Toluca, a las 19:00 horas, un miércoles como muchos, pero este era algo especial; era la posibilidad de acceder a mi sueño juvenil y aspirar a ser reportero deportivo. No era nada fácil. De hecho, fue hasta curioso pero fantástico.

El Tata y mandamás de la lucha libre en Toluca, quien más sabía y sabe del pancracio, tendría una charla conmigo para conocer mis intereses, gustos, y todo lo concerniente a lo que sería mi vocación y mi gran amor profesional.

Entonces yo era un mozuelo estudiante de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y aspiraba a un sitio entre varios tiburones (tal como lo identifiqué años después en mi material para aspirar a obtener el grado profesional) pero era la oportunidad y no habría que desaprovecharla; habría que tomarla como viniera y lo que fuera…

Me encontré con un tipo reacio y fiel creyente y seguidor empedernido de la lucha libre: Javier Sandoval Delgado, a la postre y gracias a él entré a este fascinante mundo, pero la historia cuenta que un filtro, inevitable, se presentaría en mi vida a través de una peculiar y punzante pregunta: “…sabes de lucha libre verdad?...porque el jueves, en la Arena Toluca vas a narrar conmigo…

Sin dudarlo un instante afirmé categóricamente que ahí estaría, al pie del cañón. Debo confesar que a pesar de que la disciplina de niño robaba mi atención junto a mis hermanos y que a través de la televisión veíamos con emoción, no era de mis preferidas porque pensaba que era más circo y maroma que otra cosa y que además otras serían mis favoritas.

Pasaron varios meses para que le dijera a Javier que la lucha era pura fiesta y un gran distractor social que montaba toda una amplia gama de emociones y que encerraba una pasión sinigual y que lo mismo producía cambios de ánimo y otorgaba la inmejorable moción para explotar y dar rienda suelta a la imaginación de cada quien. Creo que a la fecha al “Esteta del Ring” no lo he podido y por lo que sé, no lo podré convencer de esto, sin embargo, valga el momento de este texto para agradecerle en todo, la oportunidad brindada en aquellos ayeres y felicitarle porque es parte integra de esa disciplina, y que toda vez que mediante un reconocimiento con el cual han elevado al pancracio nacional como Patrimonio Cultural en la capital del país, se abre un panorama de continuidad y expansión en todo nuestro territorio, que dicho sea de paso, si de por sí ya lo tenían, ahora conforme pasen los días será todavía más y mejor. Gracias Sandokan!!!, como le puse.

Y bueno, más allá de preferencias y/o gustos, me parece que necesariamente debe darse un espacio a esta reserva deportiva que data de hace muchos años y prevalece conforme pasan la generaciones y a pesar de los pesares siempre atrae cualquier cantidad de afición y lo mejor del caso es que tanto ha trascendido fronteras que muchos, pero en verdad muchos los imitan y obvio, nadie los iguala.

Volver el casete a esos finales de los 80’s y principios de los 90’s es apreciar la calidad de la evolución del deporte. Hoy se vive muy de cerca por la productividad y la vanguardia que nos obliga a ir caminando de la mano con esas grandes oportunidades pero entrelazando lo bien aprendido.

Soy un afortunado y privilegiado por haber abrazado esta profesión. Casi nadie sabía que comencé narrando lucha libre con el Abuelo Sandoval (así le puso mi hermano Omar) y que no me llenaba el ojo en casi nada. Javier lo supo años después y no le sorprendió, al contrario, aplaudió el que hubiera sido neta con él y le dijera que no me gustaba, que lo creía circo, maroma y teatro, que la disciplina como tal la respeto y le tengo un elevado grado de admiración abajo del ring, porque son horas y horas de gimnasio, de dietas, de estudio continuos en sus evoluciones y tiempos, amén de las largas jornada de trayecto entre plaza y plaza para llegar a un destino que hoy en día es un cita con la inmortalidad y el eterno suspiro de ser considerada (la lucha libre) como un estandarte deportivo de nuestra nación.

En una primera intentona de tesis profesional, argumenté que la lucha como el futbol son religiones que cada mexicano respaldaba cada semana, que esa era su ilusión para disfrutar y/o desgarrarse por su favorito, que era la aspiración social entre quienes veían un alivio en sus propias vidas a través de estas culturas y trasladadas como sano esparcimiento que impactaba en el resto de la jornada laboral hasta llegar a la próxima cita.

Hoy, en plena evolución de la Cultura Física, en el que el deporte y la recreación, aunado al tema de salud, merecen toda nuestra atención e intervención directa, surge como bálsamo de satisfacción para los gladiadores de ayer, de hoy, de mañana y de siempre, un enigmático reconocimiento que seguro estoy ha tocado las fibras más sensibles de la sociedad moderna, entonces son momentos que nos colocan en la antesala de seguir, como ellos, luchando en aras de un mejor deporte social y gran trascendencia cultural desde nuestros niños.

La muestra está dada, hoy tocó el turno de que mediante la firma de un decreto en donde se declaró al pancracio nacional como Patrimonio Cultural de la Ciudad de México, no debe tardar en serlo en las demás entidades federativas del país, pero así como fue este acto y gran gesto, también deberían echarse a andar programas de culturación deportiva que inunde a la sociedad en general, a las nuevas generaciones en el pleno conocimiento de los inicios deportivos del país, para que esto sea como un dardo que contenga esa peculiar historia que ha trascendido fronteras y convirtiéndose en la constante socio-deportiva, generadora de empatía entre todos los seres humanos a través del deporte.

Mi total y absoluta declaración de admiración y respeto a todos y cada uno de los que han sido y será parte de la lucha libre en el país, que sigan los éxitos y el empoderamiento en toda su expresión.

Y cierro con estas letras que me han acompañado desde hace muchos años y que seguro estarás entonando como yo… ”El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog… métele la Wilson, métele la Nelson, la quebradora y el tirabuzón… quítale el candado, pícale los ojos, jálale los pelos, sácalo del ring…”

Pásenla bien!!!

 

 

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