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El molcajete

 

Más mexicanos

 

Om Christian A. Pechir

Con mucha emoción y honor, inicio mi participación como columnista de este gran medio informativo: El Valle. Agradecido con un profesional, gran ser humano, comprometido con su labor, con México, activo y congruente en sus causas como mexiquense y toluqueño, pero, sobre todo, un gran amigo: José Elías Nader, Pepe, como le decimos los amigos, con quien hace algunos años coincidí en espacios donde nos identificó algo en común: nuestros ideales por un mejor México.

Y a esto me refiero. Necesitamos más mexicanos que refresquen las sociedades, los entornos, los ambientes. Más mexicanos y menos política, que mucho nos ha costado en todos los aspectos y ámbitos. Más mexicanos y menos doble moral que despierten y renueven ese andamiaje podrido. Más mexicanos y menos paladines que se dan golpes de pecho e indignan, porque fue un nacional el que robó el jersey de una estrellita del fútbol americano, pero, ¿y los daños al erario público, las muertes, la corrupción, la impunidad, los desaparecidos, las fosas? Todo esto aún son asignaturas pendientes generadas por adalides mexicanos que hoy navegan con banderas de profetas.

En México las formas de poder son asfixiantes. Tienen de la nuca al desfavorecido, al que no tiene privilegios y, desafortunadamente, son la mayoría. Vivimos en un sistema de clientelas en todas las esferas. Vaya, hasta en el soccer, en donde prefirieron castigar a dos jugadores por agresiones a árbitros, que frenar el negocio.  ¿Entonces los errores de los árbitros dónde quedan? Ante este tipo de circunstancias no se puede hacer algo, como en todo lo demás. Al final, somos el país donde pasa nada.

Por esto y muchas otras cosas, más mexicanos y menos simuladores. Como Daniel Alonso Rodríguez, un joven hidalguense nominado al Premio Nobel de la Paz por su lucha a favor de los derechos humanos.

El hartazgo es inminente. Ya no hay vacuna o antídoto eficaz que pare el empacho social existente en los temas de la res publica. Sólo hay tortas y jugos cada tres o seis años para aliviar la indigestión colectiva.

Esto pone, principalmente, a la partidocracia en jaque. Los que están en ella, ya no saben qué hacer o qué decir para ganarse la voluntad electoral, y vuelven a lo mismo, a lo mismo y a lo mismo; la misma gata, pero revolcada. Sus discursos no convencen, pero mucho menos sus acciones. Sin embargo, nosotros no salimos del círculo vicioso donde todos estos actores se convierten, de bufones a verdugos, dando latigazos y sangrando a los que menos se pueden defender.

Y nos quejamos y así nuestra rutina diaria, somnolientos e indiferentes. No hemos sido capaces de encontrar alternativas u opciones que verdaderamente amen a México y quieran darle más porcentaje a la educación -para cerrar la brecha de la desigualdad- que, a los intereses de su cuenta bancaria, por ejemplo. Y es que sin duda algo está mal, algo no funciona. Quizá no hemos terminado de entender que en pleno siglo XXI, dar cosas a la gente en vez de educarla, ya no es una "política pública" eficiente.

Necesitamos crear emprendedores y no seguir dando carne a los depredadores. Debemos dejar de extender la mano y cerrar la boca, son los políticos los que tienen que extenderla y abrir la boca como muestra de transparencia y rendición de cuentas. Pero tal parece que, ante esto, no se puede hacer algo. Es pues que vivimos resignados, que no estamos abiertos a la competitividad e innovación traducidas, no sólo en lo económico o tecnológico, sino en ideas y proyectos que nos den un nuevo rumbo. No tapemos el sol con un dedo ofendiéndonos por la penitencia de nuestro pecado.

Y es de esta manera, como después de haberlo dejado algunos ayeres, regreso al aforo de la opinión, en donde usted, lector, tendrá siempre la última palabra.

 

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